Géneros

A 10 años de la Ley de Identidad de Género

La insoportable defensa del soy

Diez años después de la sanción de la Ley de Identidad de Género, transitar los espacios de la vida cotidiana sin dar explicaciones sigue siendo una utopía para las personas trans.

Por: Bernardita Castearena
Foto: Matías Adhemar
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Además de preparar el café y sentarse a desayunar, hace años que Emma arranca todos los días haciéndose la misma pregunta: ¿A cuántas personas tendré que explicarles quién soy en el transcurso del día? Más allá de que esté acostumbrada, nunca termina de prepararse para batallar contra lo impredecible: nunca se sabe si la clase sobre identidad de género la va a tener que tomar el verdulero, la doctora de guardia, el mozo de un restaurante, la persona que atiende un negocio de ropa o un familiar con el que se comparte la mesa del domingo.

“Para mí nunca fue fácil”, le dice a Perycia Emma Álvarez, que en 2015 se convirtió en la primera mujer trans de la ciudad de Nueve de Julio en tener el nombre que sentía propio en su DNI. Más allá de la romantización del hecho, el proceso de rectificación de género fue largo e incluyó visitas diarias al Registro Civil para constatar el avance. El trámite estuvo archivado hasta que una trabajadora se dignó a escucharla y pudo -por fin- terminar la gestión. Según Emma, a pesar de las cuestiones que se escapan, la Ley de Identidad de Género le dio un marco legal para poder hacer valer sus derechos. Antes de la sanción, solo le quedaba agachar la cabeza frente al mostrador de un hospital en el que la llamaban con un nombre masculino o en la fila del supermercado cuando tenía que firmar un recibo.

— Ahora tengo una herramienta para poder mostrarle a la otra persona que está equivocada, dice siete años después.

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Milo llega al estudio del canal local y se prueba el micrófono. Durante los últimos días estuvo recibiendo las consultas habituales de marzo, que en su mayoría tienen que ver con instituciones educativas que no respetan la identidad de género de lxs estudiantes y terminan expulsandolxs del sistema. Por eso decidió hacer placas explicativas y hablar a cámara para poder divulgar información útil para todas las personas que estén siendo discriminadas en cualquier ámbito.

Conocer la Ley de Identidad de Género es casi una obligación para las personas trans que todos los días se enfrentan a una sistemática vulneración de derechos. Milo no es la excepción: el de la identidad es un tema que todavía no está resuelto porque, como persona trans no binaria, el nombramiento y el registro todavía no lx identifica. A pesar de haberse habilitado la posibilidad de no especificar el género de las personas que tramitan su Documento Nacional de Identidad, las comunidad no binaria todavía se encuentra fuera del sistema registral porque las aplicaciones y formularios digitales no procesan los datos, ya que no pueden validarlos con el Regiatro Nacional de las Personas, que sigue teniendo un sistema binario con las categorías “masculino” o “femenino” como únicas opciones válidas en cada trámite y registro.

El artículo 12 de la Ley 26.743 de Identidad de Género es la herramienta que tiene para garantizar que aunque no tenga la rectificación del DNI, deben respetar su nombre autopercibido en trámites y registros mediante un sistema legal y válido. Pero al fin y al cabo, todo depende de la buena voluntad de la persona que está detrás del mostrador.

“Suma mucho cuando la persona tiene interés en escucharte, pide disculpas y toma la observación con total naturalidad. Una persona empática valida tu identidad sin hacerte ningún cuestionamiento”, dice.

Desde hace un año, y en el marco de la Ley de Cupo Laboral Travesti-Trans, Milo trabaja en el Servicio de Área Programática y Redes en Salud del Hospital Zonal General de Agudos Julio de Vedia. Se trata de un proyecto interdisciplinario creado en los hospitales de la Provincia de Buenos Aires y dedicado a crear un nexo entre el Sistema de salud y la comunidad a través de campañas informativas y de prevención que se realizan tanto hacia afuera como hacia adentro del Hospital. Fue en esa oficina donde Milo recibió una consulta por un tratamiento de hormonización y escuchó que, del otro lado del teléfono, la persona se presentaba con un nombre y usaba otro para tramitar el turno. Cuando detectó lo que estaba pasando, le pidió su nombre autopercibido y le prometió que en ese centro de salud nadie la iba a nombrar de una manera que no la hiciera sentir cómoda.

—No te puedo explicar la alegría de esta chica. Estamos acostumbradxs a entrar en hospitales, escuelas y obras sociales agachando la cabeza y diciendo un nombre que no nos identifica.

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Luciano entró a un negocio de La Plata con su mamá y escuchó cómo se referían a él en femenino junto al resto de las personas que estaban en el local. Cuando anunció su transición, la mitad de la familia le dejó de hablar. Afuera había una pandemia y adentro un entorno que todavía lo trataba con pronombres femeninos. Las clases por Zoom no ayudaban con el respeto a la identidad de género: una compañera bombardeó por mail a un profesor hasta que logró que llamara a Luciano por su nombre autopercibido.

“El primer tiempo de transición sigue siendo horrible, porque es el momento en el que más expuesto estás y menos consciente sos de tus derechos frente a las violencias de la vida cotidiana”, dice Luciano y cuenta que en esos momentos, la paz aparece de la mano de las organizaciones que en los últimos años se fueron armando para acompañar este tipo de procesos y que en 2021 empezaron a encontrarse de forma periódica, organizando movilizaciones, picnics y encuentros donde comparten experiencias. “Aunque no sea con mala intención, la mirada del otro pesa. Es muy satisfactorio encontrarte con un grupo de gente con la que te sentís como en casa, porque nadie te está mirando ni juzgando”, dice Milo, que en los últimos años se convirtió en una de las caras visibles de la lucha a nivel local.

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Emma transicionó en una época en la que las mujeres trans no caminaban de día por las calles de Nueve de Julio ni podían pensar en otra posibilidad laboral que no tuviera que ver con la prostitución. El pueblo la quería adoctrinar, pero Emma existía y resistía: si en el boliche sólo la dejaban entrar al baño de hombres, no se conformaba con ir a una plaza o a la esquina, sino que hablaba con los dueños para explicarles cada una de las violencias que vivía cada vez que entraba, y que iban desde miradas hasta manoseos con total impunidad. “En esa época las mujeres trans eran vistas como un objeto sexual, y todavía cuesta sacarse de encima esa etiqueta”, dice Emma.

En ese momento no había organizaciones, pero sí un puñado de compañerxs trans que se sostenían cuando el contexto lo demandaba. Ahora Emma trabaja en la administración del Hospital Julio de Vedia y encabeza cada una de las movilizaciones de la comunidad LGBTQI+ de Nueve de Julio.

“De acá a diez años nos imagino siendo más libres, sin tener que explicarle a todo el mundo qué es la identidad de género y la orientación sexual. Espero que nuestra comunidad tenga las mismas oportunidades laborales que las de cualquier persona CIS, que no tengamos que vivir pensando cómo vamos a enfrentar las situaciones del día a día”.

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