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La primera querellante trans

Con 65 años, Valeria del Mar Ramírez recorrió casi todo el conurbano en tacos y sobrevivió a la dictadura. Hoy es la primera querellante del colectivo travesti trans en un juicio por crímenes de lesa humanidad. En unas semanas hablará por primera vez en Tribunales sobre lo que vivió en 1976 en el centro clandestino de detención conocido como el Pozo de Banfield.

Por: Florencia Legakis
Foto: Leo Vaca
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Catorce días en el calabozo

Era una noche de verano de 1976 y tanto Valeria como Romina, imponentes y fácilmente reconocibles con sus cabelleras rubias, vestían de administrativas a la vera de la ruta:

        – Qué raro vos todavía acá – le dijo Valeria a Romina.

        – Es que hay muy poco trabajo.

En cuanto Valeria terminó de esbozar su respuesta, un Ford Falcon verde se detuvo frente a ellas. Dos hombres las agarraron de los brazos y las metieron debajo de los asientos traseros.

        – ¿Quiénes son ustedes? – preguntó Valeria

        – Callate la boca – respondió uno de los hombres sentado en el asiento delantero.

        – ¿Dónde nos llevan?

        – Las vamos a llevar a un lugar muy lindo, donde les van a hacer lo que a ustedes les gusta que les hagan.

Valeria y Romina trabajaban en Camino de Cintura o Ruta Provincial 4, el estrecho que divide a Luis Guillón de Llavallol. En el conurbano bonaerense, las travestis porteñas se calzaban los tacos y se paraban entre el humo de los camiones de carga y las parrillas austeras, bien lejos de sus casas.

Ese día fueron trasladadas al Pozo de Banfield, un edificio que tenía entonces la policía de la provincia de Buenos Aires donde funcionaba un centro clandestino de detención tortura y exterminio y una maternidad clandestina.

Adentro había calabozos de un metro y medio por dos metros y medio, donde se alojaba a tres o más detenidos y detenidas. Los llamaban “buzones”, porque tenían una pequeña hendija de hierro donde una vez al día pasaban un plato de comida. Ese agujero era la única ventilación.

Valeria recuerda que vio caras en los pasillos y escuchó desde su calabozo la música proveniente del casino, donde los torturadores se emborrachaban, apostaban y después, elegían a quién martirizar y violar.

Un “policía bueno” -así lo cuenta- le permitía bañarse por las mañanas. Un día, mientras se estaba duchando, escuchó los gritos de una mujer y cuando salió de la ducha, vio a otro de los policías con una bebé llorando en las manos, cubierta en sangre:

        – ¿Qué hace este puto acá? – gritó, mientras se abalanzó sobre Valeria y la arrastró hacia los desechos de la puérpera.

Pasaron catorce días hasta que la liberaron. Su madre la buscaba en la comisaría de Llavallol, donde ya había sido trasladada antes.

Pero “La Mono”, una de las primeras chicas trans que había conocido y que luego se convertiría en su gran amiga, intuyó desde el primer momento que había algo raro. Entonces, contrató un abogado para presentar un habeas corpus que logró dar con su paradero y, finalmente, su liberación. Él le aconsejó que no fuera más por Camino Cintura, porque no podría salvarla de nuevo.

Después de su detención, Valeria decidió dejar de ser Valeria para el afuera. Adoptó nuevamente su identidad anterior y se dedicó al estudio de taquigrafía y dactilografía para adentrarse en el mundo administrativo. Cuidaba a su madre y a su padrastro, que vivían atemorizados de que le pasara algo. Sin embargo, extrañaba los viajes por el conurbano, las amigas y las noches con tapado y cartera combinada.

Valeria del Mar, Activista trans.

Una deuda de cuarenta y seis años

 

Valeria es la primera querellante trans en un juicio por crímenes de lesa humanidad a nivel nacional, según confirmó a Perycia la Comisión Provincial por la Memoria. En 2012, luego de que se sancionara la Ley de Identidad de Género, testificó en el juicio unificado del Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y el Infierno de Lanús como Valeria del Mar. 

 

Conoció a su abogado, Germán Camps, por su militancia en H.I.J.O.S: “Para ser querellante, Valeria tuvo que demostrar frente al Tribunal que fue particularmente ofendida por el delito de abuso sexual con acceso carnal y de la privación ilegítima de su libertad”, aseguró a Perycia

 

La “megacausa” cuenta con 442 testigos, y se realiza una audiencia virtual todos los martes donde se presentan los testimonios. La audiencia de Valeria está programada para abril, y será de manera presencial, según requirió el Tribunal.

 

“Las trans y travestis eran usadas para el ‘después de’, ellas eran quienes tenían que limpiar los calabozos y los autos, porque desde el momento en que las echaban de sus casas eran NN, porque nadie les iba a creer”, contó a Perycia María Belén Correa, activista y fundadora del Archivo de la Memoria Trans

 

En la causa fueron imputados 18 genocidas, de los cuales dos fallecieron antes de que se iniciara el proceso. El debate está a cargo del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°1 de la ciudad de La Plata, integrado por Walter Venditti, Ricardo Basílico y Esteban Carlos Rodríguez Eggers (subrogantes). 

 

“Considero que hay una faltante de una reparación histórica para las personas trans que pasaron por la dictadura y para las personas que hasta los 90 seguían siendo detenidas por el Estado que la única política que tenía era de persecución”, aseguró María Belén Correa. Valeria del Mar obtuvo su pensión y obra social en julio de 2021, luego de reclamarla por diez años a la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural. 

 

Durante el 2020 se presentó el proyecto de Ley de Reconocimiento de la Deuda Histórica con la Comunidad Travesti Trans, que contemplaba los resarcimientos pertinentes para las mayores de 40 años que hubiesen padecido “la exclusión social, la negación de su identidad y la violación de sus derechos humanos durante la mayor parte de sus vidas”. Sin embargo, no se trató en la Cámara de Diputados y perdió estado parlamentario.  

Valeria del Mar, Activista trans.

Las divas conurbanas 

 

Valeria nació en 1956, fue la primera y única hija de Ignacia Godoy, que trabajaba como sirvienta en bodega “La Cosecha”, y a pesar de ser analfabeta y sostén único de su hogar, se preocupaba por llevar a Valeria a la escuela religiosamente. La primaria no fue tan difícil, pero la secundaria sí: “Mariquita, puto, putito, eran algunas de las cosas que me decían”.

 

A los 18 años la invitaron a un cumpleaños en Rafael Calzada, donde conoció a “las chicas trans”:

        – Vos nena podés hacer mucha plata – le dijo La Sarita – Estás en plena juventud, sos rubia natural y de ojos celestes.

        – Bueno, dale – respondió Valeria, entendiendo al instante a qué se refería aquella desconocida. 

 

La Sarita amadrinó a Valeria. Le puso un vestidito negro abotonado y ella se compró sus primeras zapatillas chinas con el sueldo de su ex trabajo como cadete. La paró en el Cottolengo Don Orione de Claypole y le enseñó lo que era la calle: “Parecía que hubiera nacido de nuevo porque era lo que yo quería: pintarme, usar tacos, tener cartera y ser femenina”

 

Ser trans o travesti equivalía a ser prostituta, no existía otra salida laboral. Para poder trabajar la regla de oro era ponerse las tetas, “sino sólo eras un loco”. Sarita era la encargada de “hacer” a las chicas jóvenes, que luego la llamaban “madre”. En su casa funcionaba un consultorio clandestino precario con un enfermero del Hospital Meléndez de Adrogué que realizaba las intervenciones de prótesis mamarias a todas las iniciadas.

 

La Mono, a quien conoció en la misma fiesta, la llevó a la rotonda de Llavallol. Ahí conoció a Romina, la única de veinte años, como ella. Comenzaron a trabajar de día en el año 1975, hasta que Sarita les advirtió que la policía las iba a levantar y les regaló dos sacos entallados para pasar desapercibidas como trabajadoras de alguna bulonera o maderera de la zona.

        – Para mí era el mundo que yo quería vivir, el mundo que me aceptaba. Nosotras éramos divas, íbamos a los bailes y éramos diosas con los chongos. 

 

Cuando comenzaron las razzias y las detenciones, cansadas de pagarle al jefe de calle y que él permitiera que las llevaran, se organizaron entre todas para defenderse de los policías: no sólo los golpeaban, sino que también les rompían el parabrisas y el capot del patrullero. A una de sus compañeras la apodaron “la rompecoches”.

Valeria del Mar, Activista trans.

No te dejes requisar la cartera

        Yo me voy a hacer mi vida como la quiero vivir –  le dijo Valeria a su padrastro antes de volver a trabajar en la calle.

 

Fue a Adrogué con Romina, y ahí conoció a otra chica que la llevó a Constitución, donde estuvo hasta 1999. En el barrio conoció a la Fundación Buenos Aires Sida, quienes la llevaron a ella y a sus compañeras a testearse y además las proveían de preservativos. 

 

Valeria se recibió de promotora de salud y trabajó dos años en el Hospital General de Agudos José María Ramos Mejía. Vivió en el Hotel Santa Cruz del mismo barrio, ubicado en Santiago del Estero al 1450, durante 20 años. Eventualmente volvió a ser puta, y conoció a más compañeras que la acercaron a la organización y la militancia. La más importante fue Georgina Orellano, secretaria General de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR). 

 

Se encontraron en la inauguración de la Sede del Ministerio Público de Defensa, a una cuadra del hotel. Georgina le dijo “vení con las chicas” y la llamó para integrarse al Ministerio Público de la Defensa dentro del área de Diversidad, con el objetivo de organizar a las demás trans y travestis de la zona.

        – ¿Para qué? –  le preguntaban las chicas que se acercaban al Ministerio. 

        – Para que sepan sus derechos, para que la policía no las arrebate ni les saque la cartera. 

 

A Valeria la nombraron Secretaria de Derechos Humanos de AMMAR en 2020, desde ese entonces asiste todos los jueves a la Casa Roja, donde reparten viandas y bolsones, brindan asistencia psicológica e intervienen en casos de violencia institucional.

 

En la organización tienen dos luchas en paralelo: la reparación histórica del colectivo, y el reconocimiento y la regulación del trabajo sexual. El objetivo es una mejor y mayor expectativa de vida. Pasaron las décadas y el camino para lograrlo parece alargarse. Así lo piensa Valera: 

 

     – Todavía las trabajadoras sexuales no estamos en democracia.

Valeria del Mar, Activista trans.

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