social social social social social
Lesa HumanidadMasacre de Napalpí

Secuelas Masacre de Napalpí

“Yo no hablo Qom porque mi mamá decía que nos iban a escuchar y nos iban a matar”

La cuarta jornada del juicio por la verdad por la Masacre de Napalpí se llevó a cabo este martes, en la Casa de las Culturas de Machagai. Declararon descendientes de sobrevivientes e investigadores indígenas. La pérdida de la lengua materna y de la identidad cultural por el miedo que sembró la Masacre en las comunidades fue un tópico que se repitió en casi todos los testimonios. Las audiencias continuarán el 10 y 12 de mayo, en el Centro Cultural de la Memoria “Haroldo Conti” (Ex ESMA), en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Por: Bruno Martínez (Cobertura conjunta con Revista Litigio)
Foto: Secretaría de Derechos Humanos del Chaco.
imagen destacada

Cobertura conjunta con Revista Litigio

Poco más de tres horas y media duró este martes la cuarta audiencia del Juicio por la Verdad por la masacre de Napalpí. A diferencia de las tres primeras que se realizaron en Resistencia, esta se desarrolló en la Casa de las Culturas de Machagai, lugar cercano a donde se perpetró la matanza de más de 300 indígenas en 1924.

 

Fueron doce las personas que brindaron su testimonio, entre descendientes de quienes sobrevivieron a la masacre e  investigadores indígenas. “El objetivo final de este juicio por la verdad es hacer una declaración judicial de lo que habría acontecido, como una forma de reivindicar la memoria histórica y a las comunidades”, remarcó en la apertura de la audiencia la jueza federal de Resistencia, Zunilda Niremperger. Añadió que esta instancia judicial tiene una “función social” que busca “activar la memoria” para poder crear “una conciencia colectiva en defensa de los derechos humanos fundamentales, para que estos hechos no se repitan”.

 

Las partes del juicio estuvieron representadas por los fiscales Diego Vigay y Federico Carniel, en representación del Ministerio Público Fiscal. Por la secretaría de Derechos Humanos del Chaco, querellante en la causa, estuvieron presentes la secretaria de la cartera, Silvana Pérez; la subsecretaria, Nayla Bosch y el abogado patrocinante, Duilio Ramírez. El abogado Emiliano Núñez fue el encargado de representar a la querella por parte del Instituto del Aborigen Chaqueño (IDACH).

 

“Buscaban a las guainas”

 

La primera en brindar su testimonio fue Matilde Romualdo. Matilde tiene 90 años y es nieta de Lorenza Molina, sobreviviente de la masacre. Con un pañuelo sobre su cabeza y una simpatía encantadora, la testigo contó que se acuerda poco y nada de lo que su abuela le contó porque ella era muy joven en ese entonces y no le prestaban mucha atención. Durante todo su testimonio, estuvo acompañada por Carolina Fule, psicóloga de la Secretaría de Derechos Humanos del Chaco.

 

De lo poco que recordaba, comentó que sí sabía que hubo una matanza y que su abuela logró escapar. “Ella disparó; por eso se salvó”, dijo. Además, denunció que los policías que perpetraron esa masacre también abusaban de las mujeres jóvenes indígenas de la reducción Napalpí y luego las asesinaban. “Buscaban a las guainas y las mataban”, fueron sus palabras.

El intérprete que acompañó a Matilde, Victorino Ramírez, aclaró el sentido de una palabra que podría generar confusión en el tribunal por el uso que le dan las personas indígenas mayores. Se trata del verbo “disparar”.

Para los criollos y gringos, disparar significa accionar el gatillo de un arma de fuego para que se precipite un proyectil, atacar a alguien a balazos. Para las comunidades indígenas, en cambio, disparar significa lo contrario: salir a correr, escapar, huir rápido de un lugar.

“Nos querían hacer desaparecer”

“En primer lugar vamos a agradecer a Dios por el lindo día”, dijo en perfecto castellano Salustiano Romualdo, hermano de Matilde y también nieto de Lorenza Molina, sobreviviente de la matanza. Luego continuó su declaración de manera íntegra en lengua Qom, asistido por el intérprete Ramírez.

De 84 años, Salustiano contó que antes de que existieran las reducciones indígenas, virtuales campos de concentración donde se obligaba a los pueblos originarios a trabajar en condiciones de esclavitud, el pueblo Qom era nómade y se trasladaba de un lugar a otro sin problemas. “Antes de la llegada de los criollos no había alambrados, todo era libre”, relató.

Consultado si, de acuerdo al relato de sus antepasados, sabe cuántas personas murieron en Napalpí, el testigo respondió que fueron muchos, sin precisar cantidad. “Había niños, mujeres. Eran golpeadas o heridas y lo enterraban en ese lugar. Eso fue la matanza de Napalpí. Nos querían hacer desaparecer a toda nuestra comunidad”, dijo.

“Si alguien denunciaba la masacre, los mataban”

“Yo quiero hablar en mi dialecto toba lo que me contó mi anciana madre y acá mi hermano de mi comunidad lo va a traducir”. Así se presentó en la audiencia Sabino Irigoyen, hijo de Melitona Enrique, sobreviviente de la Masacre de Napalpí. Ángel Chiquilin fue su intérprete.

De 65 años de edad, Sabino recordó que Melitona hablaba mucho de lo que ocurrió en Napalpí. De la balacera, de los indígenas que se salvaron huyendo hacia el monte y del avión que sobrevoló en las horas previas arrojando caramelos para que las comunidades en huelga se aglutinen en un solo lugar y así los policías, gendarmes y colonos los pudieran exterminar de manera más eficaz.

También contó lo que ocurrió antes de la huelga, lo que la provocó: la existencia de un panorama de explotación laboral insostenible, con personas trabajando en labores pesadas, como el destronque y la cosecha, desde el amanecer hasta la puesta del sol, y que recibían como paga algo de comida y ropa. Nada.

“Entonces decidieron hacer un reclamo para que haya un aumento de lo que le pagaban por su trabajo. Los que supervisaban a los obreros no estaban de acuerdo. Le decían que se conformen, que sigan trabajando”, comentó.

Al pasar los días los que supervisaban el trabajo se comenzaron a inquietar por la huelga. “Se comunicaron con las autoridades y entonces el mensaje era que si no dejaban de protestar iban a tener una consecuencia grave. Pero la gente igual no dejaba de reclamar. Y así aquel reclamo duró más o menos un mes”, explicó.

El día de la masacre, los policías primero dispararon al aire y luego a los cuerpos. Sabino contó que su mamá le dijo que en ese momento empezaron a ver personas que caían muertas a causa de las balas de plomo y que ella, en ese momento, salió a correr para protegerse. Y mientras corría hacia el monte, junto a su papá y un sobrino, veía cómo otros se desplomaban a su lado.

Melitona, junto a parte de su familia, estuvo escondida en el monte, en la parte más frondosa y difícil de acceder. Lo hicieron por dos días. No tenían agua, ni qué comer, salvo por una fruta parecida a la pera, a través de la cual pudieron ingerir algo de líquido y alimentarse precariamente.

El hambre los empujó a salir del monte. Sabino contó que uno de los familiares de Melitona salió del monte, muy despacio, para ver el lugar donde había ocurrido la masacre. Divisó cómo los policías cavaban un pozo para luego tirar los cadáveres y también se percibía humo en el lugar, indicador de que allí también se quemaron cuerpos.

Posterior a la matanza, siguió la cacería de los sobrevivientes. Sin embargo, para evitar cometer el error de matar a los “amigos”, la policía y los colonos decidieron colocar un pañuelo blanco en el brazo a los indígenas que decidieron seguir vendiendo su mano de obra por monedas. El resto, los que no llevaban esa marca, eran los buscados. “En realidad, no estaban conformes con el sueldo, pero no había otra manera de sobrevivir”, aclaró Sabino.

Tras la matanza, los genocidas dejaron un mensaje a las comunidades: no hablar con nadie de lo que pasó. “Si alguien lo hacía, lo iban a ir a buscar a su casa y lo iban a matar a él y a toda su familia”, acotó Sabino.

Todo esto le fue relatado por su mamá en varias ocasiones por la noche, antes de que ella se fuera a dormir. “Lo tenía muy presente, como si fuera ayer. No se podía contener y empezaba a llorar”, contó.

“Nos aconsejó también que no teníamos que contarle a nadie los hechos que pasaron en la masacre, ni con la familia ni mucho menos con las autoridades, y más adelante cuando veía a la policía ella se escondía pensando que la iban a buscar”, comentó.

“Las mujeres, ¿recibían un pago por su trabajo?”, preguntó el abogado querellante, Duilio Ramírez. “No, no les pagaban”, respondió Sabino. Y acotó: “Lo único que se llevaban era la sobra de la comida que dejaban los obreros”.

“Encontramos huesos”

Al igual que Melitona, José López también es un sobreviviente. Y aunque no esté con vida, su testimonio llegó hasta este juicio a través de su nieta, Hilaria Gómez. “Lo que sé es lo que me contó mi abuelo cuando yo tenía 18 años”, dijo Hilaria, quien hoy tiene 80.

“Me dijo que él se escapó con mi mamá, que en ese momento tenía 3 años, la señora de él y una bebita que tenía un mes. Se fueron porque los iban a matar”, contó la testigo. Hilaria explicó que a su abuelo le avisaron de la represión mortal que se iba a desplegar sobre la huelga indígena en el Lote 38 y gracias a eso pudo huir a tiempo.

José le relató que en Napalpí “los militares” mataron a un gran número de personas, entre ellos ancianos y niños. “Mucha gente muerta, chicos, muchos viejitos. Todos esos quedaron. Había una nenita que se escapó de eso, es mi tía, Rosalía López. Un hombre que iba disparando le cazó de la manito y la salvó”, contó.

Tiempo después, Hilaria construyó su casa cerca de donde ocurrió la masacre: ella no sabía. Allí, un día, encontraron huesos. “No sabíamos si eran de animales o de humanos”, relató.

“Que se rindan”

“Mi nombre es Lucía Pereira, tengo 73 años y mi papá es un sobreviviente”. Lucía es hija de Julián Pereira y su testimonio se basó en lo que le transmitió su padre, quien logró escapar de la masacre como lo hicieron casi todos los que tuvieron esa suerte: huyendo hacia el monte.

Contó que las familias originarias que trabajaban en la reducción de Napalpí lo hacían en condiciones infrahumanas, con salarios de hambre. La desesperación por conseguir alimento era tal que en algunas ocasiones la familia de su abuelo tuvo que recurrir al abigeato carneando animales ajenos.

“También mataban animalitos para vender el cuero. O vendían las plumas de los avestruces. Mediante eso podían comer”, dijo. “En tiempos de lluvia no comían, nada les daban los patrones. A veces iban a pesar y con eso se alimentaban. Por eso ocurrió todo, la huelga. Porque a lo último no querían trabajar más, muy esclavizado los tenían. Le hacían trabajar como animales, nunca le pagaban, le daban un puchito de mercadería, polenta, arroz y un poquito de aceite”, contó.

“¿Cómo fue el día de la masacre?”, preguntó el fiscal Carniel. Lucía contó que previo a que se produzca la matanza, los obreros indígenas en huelga recibieron la visita de un funcionario del gobierno provincial quien les exigió que vuelvan a trabajar de inmediato porque con su protesta estaban perjudicando a los grandes hacendados de la zona.

La respuesta fue que iban a concluir la huelga cuando el gobierno asista a las familias indígenas que estaban en la miseria, algo que finalmente no ocurrió. Luego llegó otro funcionario, esta vez de Buenos Aires, quien dejó una amenaza sin lugar a dobles interpretaciones. “Les dijo que dejen de joder porque el gobierno está cansado de esto y recibían muchas quejas de los grandes empresarios. Después volvió para decir que se rindan o los iban a matar a todos”, contó Lucía.

Llegó la Policía y la Gendarmería y comenzaron a atacar a balazos. “Algunos salieron a disparar, a correr en medio del monte. Mi papá vivió 30 días en el monte. Le dispararon en el hombro. Lo sepulté muchos años después con esa bala en el hombro”, contó Lucía.

Respecto de qué secuelas provocó la masacre en la cultura de los indígenas de la zona, Lucía reconoció que sus padres no querían que hable su lengua materna por miedo. “Yo no hablo Qom porque mi mamá no quería. No quería porque nos iban a escuchar y nos decía que nos iban a matar”, recordó.

“Para nosotros era un cuento”

“A nosotros nos contaban esto como un cuento”, comentó Cristian Fernando Enríquez, nieto de la sobreviviente Rosa Chara e hijo de Carmen Delgado, quien iba a testificar en este juicio, pero falleció antes del inicio de las audiencias.

“Cuando éramos chicos mi mamá nos contaba la historia de la masacre de Napalpí. Lo tomábamos como un cuento. Resulta que en el 2004 sale en el diario que era verídico. Y en el 2005 fueron los periodistas a mi domicilio donde mi abuela aún vivía, y ahí supimos que todo esto era real”, reconoció al brindar su testimonio.

“Ella tenía mucho miedo porque pensaba que la iban a venir a matar. Yo me ponía mal por mi abuelita que se ponía muy nerviosa en las entrevistas. Y tenía mucho miedo cuando vinieron los periodistas, porque le querían hacer revivir lo que ella pasó cuando tenía 11 años”, añadió.

“Contó que había aviones que tiraban caramelos y cuando se juntaba la gente ahí le tiraban las bombas. Así empezó la masacre. Luego ellos dispararon a caballo con su tía Virginia, hicieron muchos kilómetros, como 36”, relató. Virginia, hermana de la mamá de su abuela, sobrevivió a la masacre, pero quedó con una secuela psicológica severa, irreversible. “Falleció en el manicomio producto de eso”, contó Cristian.

Dijo que su abuela también le contó cómo a las víctimas las obligaban a cavar sus propias fosas. “¿Quién realizó esta masacre?”, se le preguntó al testigo. “Según lo que dijeron eran los gringos porque querían apoderarse de las tierras que valían mucho en ese tiempo”, respondió.

“Gracias a un palo borracho”

“Lo que decía mi abuela es que ella se salvó”, contó Guillermo Ortega, nieto de Antonia, una de las sobrevivientes de la matanza indígena.

Su abuela tenía entre 8 y 9 años cuando presenció la masacre. “Ella decía que disparaban (salían a correr) porque venía la policía con su armamento. Largaban proyectiles y mataban a las familias”, detalló Ortega. Dijo que se salvó porque logró ocultarse en el medio del monte, dentro del tronco de un palo borracho caído.

“Sacaron la parte de adentro del árbol y quedaron esa noche ahí para amanecer al otro día. Ella decía que gracias a ese palo borracho hoy estaba hablando con nosotros”, rememoró.