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Violencia institucional

Memorias

Nacer desaparecido: La vida de Luciano Arruga

A 15 años de la desaparición de Luciano Arruga, recuperamos esta crónica de los periodistas Javier Sahade y Laureano Barrera, publicada en marzo de 201o en La Pulseada. Quién era y cómo vivía Luciano, las calles de su barrio en La Matanza, los amigos, el hostigamiento de la Policía Bonaerense y la búsqueda de su familia. Un texto que sigue vigente, aún después de que fuera hallado como NN en un cementario de la Capital Federal, porque la Justicia todavía no dio respuestas.

Por: Javier Sahade y Laureano Barrera*
Foto: Nico Freda y gentileza La Pulseada
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Vivió en la calle, en casillas, hacinado junto a su mamá y dos hermanos en un hotel y después en una casa sin baño. Se crió en los 90′, sin padre y con una madre desempleada. Le decían Peruano y era hincha de River. Solía cartonear con un carrito y trabajaba por chirolas en una fábrica de fundición de metal. Le gustaba escuchar música, cumbia y rock. Tenía 16 años cuando desapareció y ya [cuando se publicó esa nota] pasó dos cumpleaños en algún lugar desconocido. Vivía en La Matanza y era perseguido por la Policía. Se había negado a robar para ellos y ellos lo robaron a él. La Pulseada tomó del mate que tomaba él, vio sus firmas en las paredes del barrio, habló con su mamá, su hermana y sus amigos. Para todos ellos, Luciano está desaparecido desde el 31 de enero de 2009. Para el sistema, el Estado y los grandes medios, quizás nunca existió.

«Uno de los temas que más nos preocupa son los más de 400 mil jóvenes bonaerenses que están sin escuela y sin trabajo, a los que queremos crearles oportunidades»

Daniel Scioli, gobernador de la Provincia de Buenos Aires

A los 5 años ya era el hombre de la familia. Su padre —pintor, changarín y taxista— lo abandonó y se quedó solo, junto a su madre y dos hermanitos. Tuvo que crecer de golpe y su infancia se le acortó dándole la mamadera a Mario y Mauro. Los cuatro siempre vivieron en una casilla del barrio 12 de Octubre de Lomas del Mirador, en La Matanza, y luego en otra casilla aún más humilde de Florencio Varela. Cuando cumplió 10 años, quedaron en la calle. Mónica, su mamá, consiguió un subsidio que le cubría la mitad de la estadía en un hotel del barrio porteño de Flores. Entre changas, pudo pagar la otra mitad y durante cuatro años vivieron hacinados en una habitación de hotel. Cuando se cortó el subsidio, otra vez en la calle. Las pocas cosas que tenían quedaron dentro del hotel y ellos afuera. Sin plata, sin pertenencias, sin hogar, volvieron al asentamiento 12 de Octubre de La Matanza, donde vivía la madre de Mónica. Finalmente, una vecina le cedió una piecita y la dividieron en tres ambientes.

El nuevo hogar está en la esquina de Perú y Bolívar. Tiene cocinita, un comedor y una pieza con paredes de ladrillos y techo de chapa. En invierno, el frío es más frío. En verano, hay que mojar el piso de cemento para poder aguantar un rato adentro. La casilla no tiene baño y usan el de una estación de servicio. Desde hace más de un año sobra una cama. En la parte alta de una cucheta dormía Luciano Arruga, que a los 5 años ya era el hombre de la familia y a los 16 lo hicieron desaparecer. 

La Matanza avanza

Según la investigación judicial, Luciano fue secuestrado por efectivos del Destacamento Policial de Lomas del Mirador el 31 de enero de 2009. La noche del 30 estaba con sus amigos. Volvió a su casa a la madrugada para buscar algo de plata. En la piecita, uno de sus hermanos le tiró una zapatilla y él se la devolvió. «Ehh, gato, quedamo’ asi», le dijo. Antes de salir, se acercó a su mamá y le dio un beso.

«Nunca me voy a perdonar haberme hecho la dormida —dice Mónica Alegre—. Yo estaba despierta, pero no queria que me pida plata».

A pocas cuadras de ahí, a Luciano lo subieron a un patrullero y lo llevaron al Destacamento. De acuerdo a testigos, lo golpearon hasta matarlo y después lo hicieron desaparecer. Durante un rastrillaje, los perros olieron a Luciano en un patrullero y en un predio municipal. Además, los radares de la Policía detectaron que a determinada hora de la madrugada, dos vehículos del Destacamento estuvieron parados frente a ese predio. Los ocho policías que estaban de servicio fueron separados de la fuerza por el ministro de Seguridad bonaerense, Carlos Stornelli. Sin embargo, pocos meses después, el mismo funcionario los reincorporó en distintas dependencias.

Luciano era perseguido por los policías de La Matanza desde mediados de 2008 porque se había negado a «trabajar» para ellos. Un día, un agente le ofreció un arma y «garantías» para robar. «Vos sos menor, no te va a pasar nada», le dijo. Desde ese momento, era parado y demorado todos los días. No podía salir del barrio y tampoco podía andar con un carrito juntando cartones porque la policía lo hacia volver a «La 12», en donde vivía. El 22 de septiembre de 2008, lo detuvieron y le pusieron un arma en el pecho. «Negro de mierda, villero», le dijeron.

El barrio 12 de Octubre es un asentamiento de humildes casillas que abarca una manzana. Frente a uno de sus lados, hay una placita. La llaman «la placita del cañón» aunque a pocas cuadras hay otra plaza con el mismo nombre. Ambas tienen un monumento con un cañón de guerra. Desde hace unos meses, en ese monumento, frente a «La 12», un mural grita la pregunta que todos se hacen ¿Dónde está Luciano? La plaza está descuidada. En el centro, rodeando un mástil vacío donde «paraba» Luciano, el pasto está crecido. Solo está cortado en el lado más cercano al barrio. Allí descansan a la sombra algunos carros de cartoneros.

Para llegar a la casa de Luciano hay que caminar por la frontera de clases. De un lado, la cumbia, los perros sueltos, el mate y la cerveza en la vereda. Del otro, las puertas cerradas de los vecinos con más recursos. La clase media y la clase baja separadas por la calle donde vivía Arruga. Así es La Matanza, el partido más grande de la provincia de Buenos Aires. Un lugar con contrastes, gobernado por el intendente sciolista Fernando Espinoza y cuyo slogan es «Matanza Avanza», un mensaje que asusta teniendo en cuenta la cantidad de pibes muertos por las fuerzas represivas en la zona. En frente de la casa de Luciano, luce prolija y aún con un adorno navideño la propiedad de dos pisos de Gabriel Lombardo. Este puntero de Francisco De Narváez se hizo conocido públicamente por encabezar marchas de vecinos contra la «inseguridad». Fue tras los crimenes del florista de Susana Giménez y el preparador físico de Guillermo Coppola, ocurridos en la zona. Lombardo se adjudica con orgullo haber logrado la instalación del Destacamento Policial de Lomas del Mirador. El lugar depende de la Comisaría Octava de La Matanza, tristemente célebre por haber sido un centro clandestino de detención durante la dictadura. El Destacamento funciona en una vieja casa de familia. No está en condiciones de alojar detenidos ni demorados. Sin embargo, Luciano estuvo varias veces alojado ahí y en la cocina, durante horas, fue sometido a golpes y maltratos. Los vecinos de «La 12» dicen que desde que funciona el Destacamento empezó la persecución de los chicos.

«Era cosa de casi todos los días irlo a buscar al Destacamento. Cuando íbamos, lo único que esperábamos era que no se hayan zarpado mucho… Siempre le pegaban», cuenta Vanesa Orieta, hermana de Luciano por parte de madre. «No podía vivir tranquilo. Siempre lo paraba la policía o una bandita del barrio que laburaba para la Poli. Le decían que era un ‘gil’, un ‘cagón'».

«Esto es una mierda»

«Fue una niñez de mucha pobreza y de falta de afecto por parte del padre la que tuvo Lu —cuenta Vanesa—. Fue un pibe que tuvo que madurar muy rápido, hacerse cargo de mis dos hermanos menores cuando mi vieja no estaba, darles la leche. Era muy compañero con mi vieja… Bueno, Lu se hacía cargo de una familia. Le tocó esa vida y tuvo que crecer de golpe. Aprendió a hacerse muy compañero de mi vieja, a defenderla mucho. Por eso no tenía una buena relación con su padre que lo venía a ver de vez en cuando. A mi vieja no la podías tocar porque Luciano te mataba y él habia visto todo lo que sufrió mi mamá. Lu seguramente necesitó la figura de su padre y por eso se cargó un poco de bronca».

Luciano era hincha de River, pero nunca pudo ir al Monumental. A pesar de vivir en Matanza, no le gustaba Almirante Brown, el equipo de la zona. Andaba siempre con la camiseta naranja de Banfield simplemente porque le gustaba y hasta solía usar un pantaloncito de Chacarita. «Nosotros le decíamos que se saque eso, que lo iban a matar en el barrio. Él se cagaba de risa… No le calentaba», cuenta J.G., sin remera, en la puerta de la casa de Arruga.

J.G. tiene 20 años y era amigo de Luciano. «Le decíamos ‘Peruano’ —dice—. No sé quién se lo puso, pero fue un hijo de puta, ja. El ‘Peruano’ era un cago de risa, siempre estaba jodiendo. No hacía ninguna. Yo lo veía salir de la casa, le hacía una seña y nos ibamos a fumar y tomar una cerveza. A veces agarrábamos un carrito y saliamos a buscar cosas. Cuando los canas pasaban por la puerta y le hacían el gesto de ‘te vamos a fajar’, Luciano les hacia la seña de ‘chupame un huevo'».

«Las cagadas que se podía mandar Lu —dice su hermana— era juntarse a fumar porro y tomar una birra con sus amigos. Por suerte nada de paco y otras porquerías… Esas eran las cagadas que podía mandarse mi hermano. Ni siquiera iba a bailar, se quedaba en la placita».

«Siempre nos contaba todo —agrega Vanesa—. Y todo es todo: ‘Está pasando tal cosa, los chicos empezaron a tomar determinada cosa y tal le pegó a tal’. Yo tampoco era una hermana que lo iba a andar cuestionando o le iba decir que con tal persona no se junte más. Yo le decía: ‘Lu, vos tené cuidado, aconsejá a tus amigos’. No iba a juzgar a sus amigos. Al contrario. Lo de la policía también lo contó. El tipo se le acercó, le ofreció robar y darle armas».

—¿Cuándo fue eso?

—A mediados de 2008 porque el 22 de septiembre lo levantan por Averiguación de Antecedentes y ya estaba todo este rollo con la poli. Para ese entonces, había un grupo en el barrio que trabajaba para la Policía. El que manejaba los pibes en ese grupo se le acercó a Luciano y le dijo que era un cagón, que le gustaba vivir de las minas, por mi vieja y yo. Ese día se comió un par de cachetazos.

«La policía nos hinchaba mucho las bolas —explica J.G.—. A cada rato. Casi todos los días. Te frenaban, te revisaban y bueno, no tenés nada. ‘Andáte de acá’, te decían con el fierro apuntándote. ‘Bueno, dale, tomátela’. Ellos sacan el fierro enseguida. Por eso cada vez que hay una movida en contra de esto, bienvenida sea. Hay que ayudar a Vanesa en toda su pelea porque es una mina re piola y no se merece todo lo que está pasando. Porque no quiero que vuelva a pasar, ni a mí ni a nadie, porque esto es una mierda».

«A Lu lo afectaba mucho todo eso —cuenta Vanesa—; decía ‘¿Por qué me paran siempre? Me tienen podrido, me paran y me insultan’. Ya estaba fastidiado, siempre pasaba lo mismo. Lo paraban y lo trataban muy mal, contra la pared, con el arma en el pecho, ‘Negro de mierda’. Con mi vieja estábamos preocupadas. Siempre lo iba buscar yo y en todo momento les aclaraba que no se zarparan con mi hermano, que no lo golpearan más. Por supuesto que nunca pensamos el final, eso si no lo pensamos. Y mientras tanto, lo que yo trataba de aclararles es que sabía perfectamente los derechos que tenía mi hermano, los que tenía yo y que si le tocaban un pelo íbamos a ir a la Justicia. Después a los tipos evidentemente les importó un carajo. No pasaba por mi cabeza que podía pasar a mayores. Sabía que lo iban a agarrar, que varias veces le iban a pegar, pero pensé que con la fuerza que hacíamos con mi vieja iba a servir para que se dieran cuenta que Luciano no era un chico que estuviera solo, que tenía una familia que respondía por él».

—¿La peor situación fue la de septiembre?

—Si, esa fue el colmo de los colmos porque yo escuché que a mi hermano le estaban pegando. Yo abrí la puerta y escuché que Lu de adentro me dice ‘Vane, me están pegando’, mientras el que estaba a cargo, el teniente Torales, hablaba con el juez de turno, yo le gritaba en el teléfono que le estaban pegando a Luciano. ‘¡Decile al juez que le están pegando a mi hermano adentro de este lugar dónde no puede haber detenidos! ¡Explicales todo!’. Yo le gritaba para que escuche el juez. El tipo tapaba el tubo y me decía ‘callate, porque si seguís hablando, tu hermano no sale más’. Ya en ese momento lo empiezan a parar cuando salía con el carrito. Los pendejos no podían hacer nada. No salían del barrio. Terminaban quedándose todo el día en la esquina para no tener problemas con la cana.

Lo esperaba un aula

Por la cantidad de locales dedicados al rubro, la zona en la que vivía Luciano es conocida como el «Barrio de los zapateros». Él y algunos de sus amigos trabajaban en una fábrica de fundición de metal donde se confeccionaban hebillas para zapatos. Hacían jornadas de hasta 12 horas por 5 pesos la hora. «Estaba hinchado las pelotas porque no le quedaba un peso. También se enojaba porque —cuenta Vanesa— decía ‘¿cuál es el sacrificio, tener que ir a laburar 12 horas por día a una fábrica para que me paguen dos mangos?’ Nosotros le insistimos tanto que había dejado de laburar y se había anotado para hacer la secundaria. Iba a comenzar el año pasado».

Luciano era un pibe con inquietudes. Solía ir hasta lo de la hermana, a unas diez cuadras de su casita del barrio «La 12» para tomar mate y hacerle preguntas a Vanesa, estudiante de Sociología. Solía pararse frente a un espejo para mirarse los músculos. «Tenía todo un rollo con su cuerpo, ja», se ríe la hermana. Después se sentaban a debatir. No podía entender, por ejemplo, por qué no podía tener las cosas que otros tenían. «Era un pibe muy inteligente», dice Vanesa. «Cuando vivían en el hotel encontró un libro de Julio Verne y se lo puso a leer. Después, un novio mío le dio otros libros de Verne. Había hecho hasta la Primaria, pero era muy inteligente. Tenía los mambos de su edad, pero era un pibe que te hacía muchas preguntas y se interesaba por saber determinadas cosas. Eso permitía que uno pudiera dialogar con él, que estuviera dispuesto a escuchar y entender cómo eran algunas cosas. El tema es que después volvía a la realidad de su barrio, a sus amigos, al código que tenía con sus amigos… Bueno, ahí comenzaron a jugar otras fuerzas que nosotros ya no pudimos manejar de entrada porque nunca supimos que iba a terminar de esta forma. También juega el miedo que vos tenés a querer hablar y que le pase algo a tu familia o inclusive a uno mismo. Era un chico muy atento, muy compañero, solidario al extremo. Venía y me decía ‘mirá, Vane, tal amigo mío no tiene nada que comer’ y se llevaba comida… Era muy solidario. Venía a casa a canalizar todas sus dudas y me agarraba libros. Yo siempre le hablaba mucho de lo social, de la gente del barrio, el por qué de algunas cosas. Era un tipo muy comprensivo con sus vecinos… Yo me llevaba muy bien con mi hermano. El venía a mi casa, nos cagábamos de risa. Había cosas que las estaba esperando para el futuro; yo sabía que con mi hermano íbamos a tener una relación muy copada».

Luciano escuchaba cumbia, pero le gustaba el rock, como a su hermana. Juntos habían ido a un recital del grupo Intoxicados. Tuvo una guitarra y llegó a tocar algún acorde. Siempre escuchaba música. Mónica le transmitió su gusto por Serrat y Vanesa por Janis Joplin. Había conseguido comprarse un MP3. «Todavía lo tengo guardado», dice Mónica. «Lu era todo para mí. A veces nos sentábamos ahí (señala la sombra de un gomero en la puerta de la casa) y hablábamos un largo rato. En esos momentos éramos él y yo, nadie más. Si venía alguien, lo sacábamos. Él me preguntaba cosas, hablábamos de las mujeres…». Su mirada se pierde entre las raíces del árbol que acaba de señalar. La voz se debilita, se quiebra, pero aguanta. «Tengo mucha bronca. Bronca hacia mí, hacia la Policía. Me echo muchas culpas».

El mate de lata va y viene, de mano en mano, en la puerta de la casa de los Arruga. Son testigos los carteles: uno «prohibido arrojar basura» y otro marca la esquina de las calles Bolivar y Perú. Se miran, se corren y se ladran varios perros. Entre ellos andan Frida y Lulú, compañeras de Vanesa. En «La 12» se escucha cumbia y se repiten saludos de vecindario a los gritos. El mate regresa a las manos de Mónica, dueña de la pava. Entre cebada y cebada, mira el paredón de enfrente. Ahí está la firma de su hijo: Peruano.

«A veces pienso que no tengo valor para agarrar un arma y matar a alguien —dice—. ¿Cómo pudieron hacerle algo a Luciano? No entiendo. Ni al peor de mis enemigos podría hacerle lo que le hicieron a él».

La esquina

Luciano no tenía novia. «Le gustaba una minita de la panadería… Le re cabia esa flaca», recuerda J.G. con algunos dientes partidos. Pocos días antes, la Policía lo paró, lo puso contra la pared y le hizo levantar las manos. En ese momento pasó una bandita de pibes enfrentados a los de «La 12» y comenzaron a tirar piedras. J.G. terminó con la boca rota. Él, y su hermano, otro amigo de Luciano, saben lo que es sufrir la complicidad y la impunidad policial. Su padre fue asesinado por un hombre que entró a su casa y le disparó a quemarropa. El crimen fue encubierto por la Policía.

J.G. trabaja en una cooperativa haciendo limpieza, mantenimiento de calles, zanjeo… Tiene la tarde libre, pero ya no tiene a uno de sus amigos. «Paro ahí, en la plaza y me cuelgo a tocar la guitarra un rato. Y así se pasa el día».

«A veces miro para la casa del Peruano y veo la camiseta de Banfield que usaba. Entonces me fijo bien para ver si es, pero no, es el hermano que usa la ropa de él. A veces yo pienso que debe estar de viaje. Que va a volver… Que va a volver cuando a él se le cante las pelotas. Quiero pensar eso, y no otra cosa…», dice J.G..

«A veces me miento a mí misma y lo espero —coincide Monica—. Me siento en la puerta y lo espero como cuando se iba a algún lado».

Luciano Arruga lleva un año y poco más de un mes desaparecido. ¿Es el último desaparecido de la democracia? Uno más, por lo menos, junto a Miguel Bru, Jorge Julio López y otros nombres no tan difundidos. La historia del Peruano es la de muchos casos anónimos ocultados por los grandes medios de difusión. El tema Arruga sufrió la censura por parte de las autoridades de Radio Provincia, la emisora del Estado bonaerense. También sufre el silencio de la mayoría de los diarios, radios y canales de televisión.

Algunos se vieron obligados a hablar del tema tras un comentado escrache realizado en el programa Caiga Quien Caiga, cuando estudiantes de la UBA comprometidos con la causa irrumpieron en medio del programa gritando y denunciando que los medios no decían nada que había un chico desaparecido. Ese día, muchos se escandalizaron por «la forma» del reclamo. Distinto tratamiento tuvieron los casos del florista de Susana o el preparador físico de Coppola.

Luciano, para muchos un «pibe chorro que en algo andaba», forma parte de uno de esos cuatrocientos mil jóvenes bonaerenses que el propio gobernador Scioli reconoce que no tienen oportunidades. También forma parte de los cerca de tres mil casos de muertes por la represión y el gatillo fácil que según la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) existen desde el fin de la dictadura. Pero detrás de esas estadisticas, hay apellidos, barrios, apodos, sueños y camisetas. A Luciano Arruga le decían Peruano. Aunque no le gustaba el apodo, lo había aceptado y las paredes de «La 12» llevan con orgullo esa firma. Tenía pasión por su familia y se había tatuado el nombre de su mamá y su hermana. Por ellas iba a terminar la escuela. No era de jugar al fútbol, pero le hubiese gustado practicar boxeo. Estaba orgulloso de su cuerpo fibroso y los abdominales marcados.

En algún lugar, el 29 de febrero, ese chico hincha de River que se ponía la de Banfield porque le gustaba, cumplió 18 años.

«A los jóvenes, el único espacio que le han dejado es la esquina —reflexiona Vanesa—. La esquina, la cerveza, el faso. Por suerte el faso y no el paco en el caso del grupo de mi hermano, pero son chicos sin demasiadas expectativas a quienes tenés que estar todo el tiempo aconsejándoles ‘che, por qué no hacen esto o lo otro. No hay incentivos, no tenés talleres ni centros culturales… No hay nada. Es una lucha solitaria del familiar que realmente quiere que su hijo progrese y a fuerza de gritos y enojos porque hay una desmotivación generalizada en ese rango de edad. Y bueno, Lu también cargaba eso».

«Queremos darles oportunidades», dice Scioli sobre los cuatrocientos mil Arrugas bonaerenses. Sin embargo, hace más de trece meses que no está Luciano y el gobernador sigue sin recibir a la familia. Además, el asentamiento 12 de Octubre de Lomas del Mirador continúa sin entender qué es eso de «oportunidades». Cuando se escribe esta nota, la «placita del cañón», donde Lu se sentaba a pasar el tiempo, tiene el pasto hasta un metro de largo. Por los mosquitos, los chicos ni se acercan. En la zona no hay clubes ni centros culturales, pero a cinco cuadras permanece funcionando el Destacamento policial, quizás el lugar adecuado para responder ¿Dónde está Luciano?

Esta crónica se publicó en marzo de 2010, en la revista La Pulseada Nro. 77, a poco más de un año de la desaparición de Luciano Nahuel Arruga.

A 14 AÑOS DE LA DESAPARICIÓN DE LUCIANO ARRUGA

La Justicia sigue sin dar respuestas sobre las circunstancias en las que el 31 de enero de 2009 Luciano Arruga desapareció luego de ser visto en el Destacamento policial que dependía de la Comisaría Octava, en La Matanza, y donde ya había sufrido otras detenciones ilegales (un policía fue condenado por eso). Por los errores y la desidia de quienes debían buscarlo, solo la insistencia de su familia y de las organizadiones de derechos humanos determinó que su cuerpo fuera hallado cuatro años y nueve meses después, en octubre de 2014, inhumado como NN en un cementerio de la Capital Federal.

Poco después de las tres de la madrugada, un auto lo había atropellado en un cruce de la avenida General Paz. El 1 de febrero a las ocho de la mañana, falleció en el Hospital Santojani, donde su madre, Mónica Alegre, y su hermana, Vanesa Orieta, habían ido a buscarlo.

Pese a que su caso había tomado resonancia pública, nadie reparó en que llevaba tatuado el nombre de las mujeres que lo estaban buscando ni en que tenía 16 años y no entre 25 y 30, como asentó el médico que realizó la autopsia. Tampoco el juez y el fiscal que intervinieron en el accidente se preguntaron por qué un adolescente corría descalzo con medibachas de naylon rotas, ropa interior y un pantalón de mujer enrollado por debajo de las rodillas, como la médica forense Virginia Créimer determinó y contó en el documental Quién mató a mi hermano, de Ana Fraile y Lucas Scavino. 

La familia y los amigos de Luciano todavía esperan justicia, pero en 2022 en la causa que debería investigar qué le pasó solo se tomaron algunas testimoniales. Tampoco hubo ningún avance en el pedido de juicio político que impulsan, junto al Centro de Estudios Legales y Sociales, por la lamentable actuación de las fiscales Roxana Castelli y Celia Cejas y al juez de garantías Gustavo Banco que mientras tuvo la instrucción dejó a la Policía Bonaerense a cargo.

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