Publicada 4/11/2026
-¿Qué puedo decir de la relación? La relación era buena. Teníamos una muy buena relación. ¿Teníamos discusiones de pareja? sí, teníamos discusiones. ¿Tenían que ver más con la convivencia?, sí. Pero nada que se le pueda adjudicar lo que es realmente violencia. Lo digo en serio. No teníamos situaciones límite. Discutíamos y de hecho al rato ya estaba todo bien. Lo que fue ocurriendo es que bueno… con el correr de los años hubo un desgaste, y es por eso que termina la relación.
Agustín Raimondo lloriquea y se soba. Pide muchas veces perdón. No parece, pero su identidad es un crisol de claroscuros: empresario y conductor, locutor, hijo putativo de Alberto Badía, dueño de medios con tecnología de punta, propietario de nada -ningún bien mueble o inmueble-, ex deudor alimentario, jefe maltratador, papá, bisexual, un hombre preso. Una persona cuyo nombre se viene pronunciando desde hace años en voz baja, entre coberturas y redacciones, en las charlas de decenas de periodistas y trabajadores de prensa de La Plata y la Región Capital. Raimondo es, sobre todo, un hombre al que casi todos sus aliados -excepto su familia- parecen haberle soltado la mano.
Llega a la sala de audiencias vestido de jean, camisa blanca y un pin con la bandera bisexual prendido en el bolsillo. Repetirá outfit durante cinco audiencias. Es martes 20 de octubre y, después de tres intentos frustrados, el Tribunal Oral en lo Criminal N.º 1 de La Plata empieza por fin a juzgarlo. Lo acusan de lesiones psicológicas graves doblemente agravadas contra su ex pareja, la periodista y locutora Florencia Mascioli. De un lado está la acusación, con el fiscal Juan Pablo Caniggia y el abogado de la denunciante, Carlos Quirós; y del otro una defensa oficial, a cargo de María Elena Bouchoux.
Antes de que declare Mascioli, la jueza hace lugar al planteo de la defensa y declara extinguida la acción penal por dos hechos de desobediencia judicial, de enero y noviembre de 2023. Las “maniobras dilatorias” denunciadas por el Sindicato de Prensa Bonaerense (SiPreBo) permitieron que a estos delitos, adosados a la causa principal, se les pase el cuarto de hora. Ya no serán juzgados. Solo queda en pie la causa 8184: nueve años de relación violenta, según la acusación, y un daño psíquico descrito por peritos oficiales.
DÍA 1 (20/10): sobrevivir al maltrato y contarlo
Florencia empezó a trabajar en febrero de 2012 en Radio Cool, el medio de Raimondo. Trabajar, en este caso, es una forma de decir: era pasante y no empezó a cobrar hasta varios meses después. En abril ya eran pareja. La violencia, afirma, comenzó ya ese año, con gritos y humillaciones: “Si no me salía un informativo me decía forra, inútil, hija de puta”. La violencia “empezó en la radio, pero se trasladaba a la casa”. A fines del 2012 se mudó con él, ya que su familia ya no podía ayudarla a pagar la humilde pensión en la que vivía. El maltrato, dice, “fue incrementando”. Algunos episodios que narra incluyen un plato de fideos arrojado al techo que dejó marcas, dos puertas rotas a patadas, un tirón de pelo, dos escupitajos en la cara y un puño frente a su rostro acompañado de una frase: “si fueses hombre te cagaría a trompadas”. Todo esto dice la denunciante mientras el acusado escucha detrás de un pizarrón que oficia de biombo. Es su derecho, como víctima, declarar sin tener a la vista al acusado.
Mascioli asegura también que su ex novio y ex empleador golpeaba a Almita, la gata que habían adoptado juntos, algo que su abogado describe como violencia vicaria. “Todo lo que para mí era importante estaba mal. Siempre denigraba lo mío y después era como si nada hubiera pasado”, sintetiza la periodista. “Me decía grasa, me decía Moni Argento. Si algo no le gustaba aparecía el monstruo”. Cuenta que, hacia el final de la relación, pensó en suicidarse más de una vez.
Mascioli sostiene, ante la mirada atenta de la jueza Cecilia Sanucci, que dependía económicamente casi por completo de su ex. Antes de mudarse con él, sus padres hacían un gran esfuerzo para pagarle la pensión. Ya conviviendo, cobraba su trabajo en negro, como el resto de los empleados de la radio: “Nunca tuve un recibo de sueldo en los doce años que trabajé con él”. No la dejaba trabajar en otro lugar porque era “exclusiva” de la COOL, aunque ella dice que no le pagaban esa exclusividad. Quizás por esa dependencia económica le costó “tantos años ponerle las palabras ‘violencia de género’ a lo que vivía”. Y en su testimonio, parece, aún busca respuestas. “Creí que si teníamos un hijo él iba a cambiar”, dice, y al rato: “No sé por qué busqué un hijo con un tipo así, un violento… lo sigo hablando en terapia”. Cuenta que se separaron en el 2021, cuando su hija L. tenía tres años. El “click” lo hizo cuando la nena le preguntó por qué lloraba tanto y ella, sin dejar de llorar, no supo qué responderle.
Pero la separación no significó el fin de los conflictos. Florencia contó que tuvo un primer intento de denuncia en 2021 y que, ya separados, siguió trabajando en la radio. Según relató, Raimondo la amenazaba con que, si se iba, él no dejaría que su hija viviera con una “indigente”. Hizo una presentación en la Comisaría en junio del 2022, y el 14 de octubre de ese año lo denunció penalmente por violencia de género en la causa que hoy se debate.
La defensora le pide que describa el final de la relación. Florencia reconoce que hasta mediados del 2022 compartieron algunas cosas, que supo de la pareja de Raimondo porque su hija hablaba de “el amigo de papi”. Que cuando él le dijo que era bisexual, al principio no le creyó. Esas preguntas son importantes: la tesis de la defensa, o al menos una de ellas, es que Florencia lo denunció tras enterarse que él estaba en pareja con un varón: así lo adelanta una nota del Diario Hoy publicada días antes del comienzo del juicio.

Esa tarde declaran otros tres ex empleados de la radio. Hay un hilo rojo entre sus relatos y los que Perycia recabó para la nota publicada a fines del 2025, cuando se conoció la detención del empresario. Mientras ellos hablan, adentro de una sala en Tribunales, otros quince testimonios públicos recolectados por el SiPreBo se difunden durante una radio abierta. Con distintas escenas y detonantes, todos cuentan lo mismo.
Patricia G. necesita hacer una aclaración: “Yo tenía más relación con él que con ella. Lo apreciaba mucho, pero tengo que decir la verdad de lo que sé”. Cuenta que presenció varias veces situaciones en las que Raimondo le decía a Florencia “inútil”, que no servía para nada, “muerta de hambre” y «vaga», frente a ella y otros trabajadores. Que le hacía comentarios sobre su labio leporino. Al aire, en una suerte de complicidad unilateral con la audiencia, decía cosas como “a Florcita hay que explicarle todo”. Lo describe como alguien iracundo, con una “mala gestión de la ira”, que “hacía mucha mención al poder” y se jactaba muy seguido de su influencia. “Nadie duraba mucho en la radio (…) Acá debería haber más gente, pero no se animan”, advierte señalando la sala, semivacía. Consultada por las partes, plantea que “el tema era más con las mujeres que con los hombres”.
La mujer, ex columnista de la radio y astróloga -dato que la defensa no dejó pasar y que intentó usar para invalidar su testimonio- cuenta que Florencia tenía la autoestima por el piso, que le tenía miedo a su propia pareja y que pese a la amplia carga horaria que cumplía en la radio, casi nunca tenía dinero. También cuenta que, durante una cena, vio a Raimondo pegarle a uno de sus caniches con tanta fuerza que el animal se hizo pis. Asegura que la madre de Raimondo sabía de esos episodios de “ira” y que ella también le tenía miedo a su propio hijo.
Leonel G. trabajó en la radio en dos oportunidades como operador. Habla de “muchas situaciones violentas, no solo con Florencia sino con todos”: maltrato, descalificaciones e insultos como “inútil”, una palabra que terminarán citando todos los testigos. Recuerda un episodio que le quedó grabado. Vio cómo Raimondo le decía a Florencia que “no servía ni para ir de locutora en un supermercado”. Contó que ella “se ponía mal” pero que la obligación de volver a trabajar se priorizaba antes que nada. Ese comportamiento, dice -el de “fingir demencia” ante el maltrato- “estaba muy normalizado”.
Agustina D.C., productora, trabajó un año y medio con ambos en el programa de la mañana. “El trato no era normal, era malísimo. Mucho grito y enojo”, dice. Era algo de todos los días: le decía “pelotuda” a Florencia y era “muy soberbio a la hora de decirte las cosas. Te denigraba (…). No se podía trabajar ahí, toda persona que se iba de la radio se iba mal”, sostiene. Cuenta que, cuando Florencia quiso irse de la radio, ella intentó ayudarla, y dos productores se negaron a darle un trabajo porque, supuestamente, no podían contratar a la ex de Raimondo. La defensa la presiona para que diga los nombres, y ella da uno.
El empresario le habla al oído a su defensora cada pocos minutos, mientras ella mira tiesa al testigo de turno. Raimondo no quiere, no puede o no le conviene mirar a ninguno de sus ex trabajadores a los ojos, aunque varios lo intentan con ganas. En su declaración, días más tarde, afirmará categóricamente que no tiene “ninguna denuncia por maltrato laboral en todos estos años”. Pero vale la pena aclarar: la denuncia por “maltrato laboral” no existe en sí misma. Las nueve denuncias realizadas por ex empleados que tramitan en el fuero laboral, algunas con sentencia firme (e impagas), son por despido. Y varias adjuntan audios de maltratos graves.
DÍA 2 (22/10): profesionales de la salud mental
Antes de escuchar a los testigos previstos, la defensa pide incorporar pericias psicológicas de otro expediente, uno que va a sobrevolar todas las audiencias: una denuncia por presunto abuso sexual infantil de L., la hija de ambos, que fue archivada, desarchivada y vuelta a archivar por la justicia. El argumento de la defensora es que las conclusiones de esas pericias realizadas sobre Florencia difieren de las evaluaciones realizadas en la causa que está en debate. La jueza no hace lugar. “Me están cortando las piernas”, protesta Bouchoux. Y pide que declare la madre de Raimondo. El Tribunal autorizará su testimonio para referirse sólo a “situaciones novedosas», entre ellas el episodio de presunta violencia contra la gata que habían adoptado. De todos modos, al ser la madre del imputado, su testimonio prácticamente carece de validez legal.
La primera testigo es psicóloga de la Asesoría Pericial de La Plata. Fue quien realizó la evaluación de Florencia en noviembre de 2023. Su conclusión fue que el vínculo con Raimondo había estado “signado por violencia psicológica”. Habló de un proceso de “indefensión aprendida” y señaló la asimetría de poder en el ámbito laboral, con destratos, humillaciones y descrédito profesional. En su pericia había advertido daño psíquico moderado vinculado a sentimientos de angustia, llantos, miedo, baja autoestima y aislamiento. La psiquiatra del mismo organismo oficial también halló, en su pericia, signos compatibles con violencia de género. Menciona el aislamiento de los vínculos familiares y afectivos, lo que describió como un mecanismo frecuente en estas situaciones. “Todavía se veían signos de la secuela de lo vivido, que describo como un estado de hiperalerta, preocupación, miedo”, indica respecto de la pericia.
Luego Ezequiel O., que trabajó en el servicio informativo de Radio Cool entre 2012 y 2014, aporta un testimonio más sobre los primeros años de la relación. Cuenta que vio cómo Florencia llegaba llorando a la radio por situaciones que atravesaba en su casa. Recuerda especialmente una conversación en la que ella les contó a él y a otros dos periodistas que había atravesado una relación sexual forzada. “Le dijimos que vaya a denunciar”, declara. Pero eso no prosperó. También habla de gritos, insultos y destratos hacia los trabajadores, en particular hacia Florencia. Cuenta que, en su presencia, más de una vez ella se había ido de la radio llorando después de recibir algún llamado de su por entonces novio y jefe.
Más tarde declaran las profesionales que atendieron a Florencia durante años. Su psicóloga, que comenzó a tratarla entre 2015 y 2016, recordó que llegó a consulta por una crisis de pareja, mientras aún convivía y trabajaba con Raimondo, que además era su empleador. “Ella manifestaba situaciones de maltrato, insultos con respecto a su rol profesional”, contó. Recordó que él le decía que no servía para su trabajo y que también había relatado episodios de desborde, entre ellos una agresión a la mascota que tenían. Describió que “Florencia estaba recibiendo violencia psicológica y emocional” y que se mostraba “insegura” hasta en la consulta. La psiquiatra que la atendió, también de forma privada, entre 2019 y 2025, describió un cuadro de ansiedad e hiperalerta y recordó las descalificaciones que recibía tanto en el plano personal como profesional: Raimondo le decía que era mediocre, que nadie la iba a querer y que era un desastre. También refirió agresiones físicas hacia los perros durante las discusiones.
Ambas hicieron hincapié en que las dificultades económicas de Florencia afectaban la continuidad del tratamiento: La psiquiatra cobraba honorarios simbólicos e incluso llegó a conseguirle la medicación a través de muestras gratuitas, porque no podía comprarla. “Entre la psicóloga y yo construimos una red, porque ella no tenía familia acá y no tenía amigas”, testificó la psiquiatra.
DÍA 3 (23/10): los testigos de la defensa, un aporte magro
Los únicos dos testigos propuestos por la defensa son amigos de Raimondo. A lo largo de cuatro audiencias se dieron de baja por lo menos tres, entre ellos Martín Rojas, empresario y socio de Raimondo en CDC Media, firma dueña de Grupo COOL. Perycia pudo saber que, a una persona a la que habían anotado sin avisarle, fue a buscarla personalmente alguien del entorno de Raimondo para pedirle que por favor asista a dar un testimonio favorable. Pero ésta se negó.
En cambio P.F., que trabajó menos de un año en 2011 como operador de la COOL, sí declaró ante la jueza Sanucci. Dijo que el trato del empresario con sus empleados era “cordial y normal con todos” y aseguró que, si tenía que hacer un llamado de atención o un “reto”, lo hacía “como un jefe normal”. Dijo que veía a Florencia y Agustín como “una pareja normal, común y corriente”, aunque aclaró que nunca compartió estudio con ella. Dice que, en una oportunidad, Florencia le mandó un mensaje diciéndole que prefería que Agustín no saliera más con él y su grupo de amigos. Sobre la separación, contó que Raimondo le había dicho que Florencia se enojó cuando él inició una relación con otro hombre.
J.P.B., amigo del empresario desde la adolescencia, también describió como “normal” la relación de la pareja y sostuvo que, según lo que hablaba con su amigo, la separación había sido en buenos términos. Aclaró que a Florencia no la trataba, ya que sólo la había visto algunas veces en reuniones y cumpleaños. Su reconstrucción del conflicto posterior también se apoyó en los relatos del acusado: “Él empieza una relación nueva con un hombre y ahí, entiendo yo, según él, empieza el caos”, declaró. Contó que después aparecieron los problemas para que Raimondo pudiera ver a su hija, las denuncias contra él y su entorno familiar y el deterioro de su estado anímico. “La relación dejó de ser normal cuando él airea su relación con este chico”, resumió.
Una vez más, la defensa deja entrever su intención de vincular este proceso penal —y el expediente, ya archivado, por presunto abuso sexual que involucra a la hija de ambos— con una supuesta estrategia de Florencia para perjudicar a Raimondo y a su entorno. La hipótesis entre líneas es que las denuncias habrían sido consecuencia de los celos de la periodista después de la separación y, sobre todo, de que su ex pareja iniciara una relación con otro hombre. En esa reconstrucción, la denuncia contra la actual pareja de Raimondo y la posterior denuncia contra el propio empresario no serían hechos independientes, sino parte de una maniobra para limitar su vínculo con la hija.
Es también esa la explicación que Raimondo dará al declarar.
DÍA 4 (28/10): “Es así en los medios, no soy solo yo”
La cuarta audiencia no es excepción y Raimondo llega con el pin puesto. Después de su declaración de más de una hora, el fiscal Caniggia le pregunta si tiene algo para decir sobre los testimonios de maltrato que dieron los ex trabajadores de la radio.
–Vuelvo a decir lo mismo. Yo soy una persona exigente. En este medio juegan mucho las vanidades. No es fácil, no es lo mismo corregir a alguien que está frente a un escritorio que a alguien que pueda afectar la susceptibilidad(sic). Estamos hablando de una exposición. Eso nos pasa en todos los medios, todos sufrimos. A todos nos ha pasado. Me acuerdo del primer verano con Badía, llegué a tener herpes y aftas. Digo, no es fácil este medio. Cada uno lo recepciona de manera distinta.
–¿Qué quiere decir con que usted es exigente? –interviene la jueza.
–Exigente es… a ver, vamos a materializarlo. Para mí es muy importante llegar a buenos niveles de audiencia–Raimondo empieza a modular la voz hasta llegar a un registro casi radiofónico– y también en eso respetar a la audiencia. Nosotros estamos muy expuestos a veces, por ahí ante algo que se pueda decir erradamente, algo que no se comunique bien… nos puede realmente afectar a la marca…
–¿Y por qué lo relaciona con que usted es exigente?
–Porque viene de ahí, en lo que es la radio. Nosotros tenemos un formato llamado radiofórmula y hay que cumplirlo, no hay que…
–¿A usted lo ponía nervioso esa situación del rating y la audiencia?
Sí…sí. O sea, es la exigencia… sí.
Pero es así en los medios en realidad, no soy solo yo. Lamentablemente el rating, la dinámica del aire… porque no es lo mismo cuando dirijo la radio que el diario. La dinámica de aire tiene esta cosa de equipo de fútbol, que por ahí termina… tiene ese folclore.
Escuchar a Raimondo en el estrado es una tarea de contención. Apenas empieza llora, dice “perdón, perdón, perdón”, se suena la nariz y la cara de lágrimas invisibles. La defensora lo corta una y otra vez: “Bueno, Agustín, avancemos”. Más tarde interviene la jueza: “Su defensora ya le pidió tres veces”, “Su defensa tiene una estrategia…”. Casi al final, lo reta: “El imputado no habla, salvo cuando tenga que responder. Ya le he llamado la atención varias veces”. Guiado por su defensa, el empresario declara durante una hora y cuarenta minutos: literalmente, es el mismo tiempo que tuvo a disposición la víctima.
Sobre el deterioro de la relación, Raimondo lo atribuye a problemas de convivencia y a una progresiva desconexión, que ubica especialmente después del nacimiento de su hija. Cuenta que dejaron de dormir juntos porque Florencia prefería compartir la habitación con la nena y que esa dinámica se sostuvo incluso después de su licencia por maternidad. Contrariamente a lo que dijeron otros testigos y la propia Florencia, asegura que su ex pareja tuvo una licencia “de 5 o hasta 6 meses”. Menciona discusiones por sus horarios de trabajo, sus salidas con amigos y los celos de su pareja. Asegura que Florencia solía hacerle escenas de celos con dos de las testigos en el juicio. Asegura que su ex era “reacia a las mujeres”. Sobre la separación, en 2021, sostuvo que fue conversado y que, aunque dejaron de convivir, mantuvieron un vínculo cercano por su hija. Según su versión, decidieron de mutuo acuerdo compartir algunos fines de semana bajo una modalidad llamada «el día de L., mami y papi». Según él, recién en diciembre de ese año la relación terminó.
En febrero del 2022 empezó una relación con su novio. Dice que al principio no le contó a Florencia: «El tema de los celos para mí fue clave con el tema de la sexualidad, por eso lo oculté bastante». Cuenta que recién en septiembre le contó que era bisexual y que estaba saliendo con un hombre. Asegura que en junio le había propuesto a su ex reducir “de tres a dos horas” el tiempo que compartían al aire “sin modificarle el sueldo”, para evitar discusiones sobre temas personales durante el trabajo. Según él, Florencia “renunció” a la radio a fines de septiembre del 2022 y el 2 de octubre denunció por presunto abuso sexual a su actual pareja. Asegura que luego, con la denuncia de lesiones graves, las medidas procesales de ambas causas terminaron por alejarlo de su hija.

Consultado por Quirós, el abogado de Florencia, el empresario reconoce que no asistió a las pericias previstas en esta causa por lesiones.
–La primera vez no pude, es cierto. No podía. La segunda fue una decisión no ir, porque estaba la otra pericia, la de Familia. La decisión de no presentarme fue de mi abogado.
Lo mismo respondió al ser consultado por el fiscal sobre su instancia de declaración indagatoria, en la que se negó a hablar.
–Fue una decisión de mi abogado, no mía –dice en referencia a Marcelo Peña, que lo asistió hasta fines de agosto.
Ni declarar ni someterse a pericias son obligaciones del imputado, y su silencio no puede leerse como indicio de culpabilidad. Lo que queda, entonces, es una asimetría en la investigación: Florencia fue evaluada por dos peritos oficiales que dejaron sus conclusiones por escrito. Pero sobre Raimondo, en esta causa, no hay ninguna conclusión técnica.
Solo está su relato.
Antes, en la cuarta audiencia, se escucha la brevísima declaración de Mónica Belcastro, madre del imputado. Una mujer pequeña y canosa que deja de manosear su rosario solo para sentarse a hablar. Dice que con Florencia tenían una relación “excelente”, que solía contarle sobre las “discusiones de pareja” que tenían con Agustín, aunque ella prefería no involucrarse. Según su relato, el vínculo se enfrió cuando la periodista se enteró de que su hijo estaba en pareja con otro hombre. Consultada sobre algún episodio vinculado con los animales, cuenta que una vez uno de los caniches había sufrido una caída “estando solo” y que ella se ocupó de llevarlo al veterinario. No recuerda cuándo ocurrió ese hecho, y tampoco recuerda ningún otro episodio que involucre mascotas y violencia física.
Al final de la audiencia, la jueza dispone los alegatos para el 3 de noviembre. Raimondo llevará entonces 383 días preso. En octubre del año pasado la Justicia ordenó su detención por peligro de entorpecimiento y desacato a las normas en el marco de la causa de lesiones, junto a otras dos causas de desobediencias reiteradas (ahora prescritas).
Pero en esta causa no se agotan los conflictos que rodean al empresario. A las denuncias de Florencia se suma otra decena de expedientes en los Tribunales 1, 2, 3 y 5 del fuero laboral, iniciados por ex empleados, en los que se denuncian situaciones de precarización, incumplimiento, maltrato y despidos injustificados. Mientras tanto, el Grupo COOL también atraviesa movimientos en su estructura empresarial: según publicó Realpolitik el 29 de octubre, en medio del juicio, busca vender y desprenderse del 50% de LAPLATA1.com.
DÍA 5 (3/11), alegatos: “Raimondo ostentaba dos roles: jefe en el trabajo y jefe en la casa”
El fiscal Juan Pablo Caniggia sostuvo que el juicio había permitido acreditar que Raimondo ejerció violencia física y psicológica contra Florencia durante años. Para fundamentarlo, retomó los testimonios de los ex trabajadores y las conclusiones de las peritos oficiales y de las profesionales que atendieron a la denunciante. Subrayó que el maltrato no se limitaba al ámbito doméstico: «ostentaba dos roles: jefe en el trabajo y jefe en la casa». También hizo hincapié en la dependencia económica de Florencia, el aislamiento de sus vínculos y las dificultades para sostener sus tratamientos. Para el fiscal, las secuelas psicológicas constatadas constituían una lesión grave en los términos del artículo 90 del Código Penal, aunque no fueran irreversibles. Y rechazó que la denuncia pudiera explicarse por la nueva relación de Raimondo: «Las conductas son anteriores a los motivos que la defensa trae como argumento defensivo». Solicitó cinco años de prisión y consideró como agravantes la duración de la violencia, la desigualdad de poder y la persistencia del daño.
El abogado de la denunciante, Carlos Quirós, reforzó la acusación desde una perspectiva de género. Citó a Rita Segato y los estándares de la Convención de Belém do Pará, y cuestionó la construcción de Florencia como una mujer despechada que habría denunciado a su ex pareja por celos. «Cuando estamos frente a un trauma se denuncia cuando se puede, no cuando se quiere», planteó. También recuperó el concepto de indefensión aprendida para explicar cómo la repetición del ciclo de violencia puede llevar a naturalizar el maltrato y dificultar la salida del vínculo. Señaló que las secuelas persistían, que la medicación había tenido que incrementarse y que las consecuencias habían comprometido la continuidad biopsicosocial de la víctima. Para la querella, el daño psicológico era una lesión invisible, pero no por eso menos relevante para el derecho penal. Quirós pidió diez años de prisión, el máximo de la escala penal que consideró aplicable.
La defensora oficial María Elena Bouchoux pidió la absolución. No negó que durante el juicio se hubieran relatado situaciones de lo que calificó como “maltrato laboral”, pero sostuvo que eso no alcanzaba para demostrar el delito de lesiones graves. Cuestionó que se hubiera acreditado un debilitamiento permanente de la salud y señaló que la propia perito había considerado reversible el daño psicológico. También discutió el nexo causal entre la sintomatología y la conducta del imputado, y planteó que los conflictos laborales y familiares debían resolverse en sus respectivos fueros, no mediante una condena penal. «A lo sumo serían lesiones del artículo 89», sostuvo, en referencia a la figura de lesiones leves. Para la defensa, aun si existió un daño psicológico, no quedó probado que alcanzara la gravedad exigida por el artículo 90 del Código Penal.
La fecha prevista para la sentencia es el lunes 30 de noviembre. La jueza Sanucci tendrá en sus manos la decisión de condenar o no al empresario, cuyas últimas palabras fueron:
–Yo soy inocente. Hace cuatro años perdí mi vida, estoy condenado hace 4 años: solo el último en prisión. Quiero que se aclare todo, nada más. No puedo más, me duele la vida.
Al salir de la audiencia, una ex trabajadora que presenció todo el juicio se lamenta: “Me hubiera gustado escucharlo pedir perdón”.
Entre la sala y los pasillos de Tribunales queda flotando una pregunta: ¿Cómo se construye un empresario de medios? Puede ser a través de una carrera, de la herencia, de los recursos tecnológicos, de la fama. Y, de forma no excluyente, también puede ser a través del miedo. Hoy Raimondo mantiene contacto con varias personas de «afuera» de la cárcel: ex empleados y empleados, aportantes de su medio. Encerrado en la Unidad Penitenciaria N.º 61, en Melchor Romero, convive con los rugbiers condenados por el asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell. Quienes mantienen diálogo con él y también con Perycia aseguran escucharlo “bien”. Pero afuera hay algo que, lentamente, se desmorona: su defensa, que supo estar en manos de uno de los abogados más caros de La Plata, ahora quedó a cargo de la defensa oficial. Su medio sigue funcionando, aunque tambaleante: arrastra una deuda millonaria con la empresa Edelap, y busca ceder un 50% del portal digital a alguien que lo quiera comprar. La figura de Raimondo, con cada vez menos defensores, empieza a quedar asociada a aquello que durante años sus empleados conocieron puertas adentro: el ejercicio de la violencia. Una violencia que ya no parece circunscrita a las relaciones laborales, sino que amenaza con convertirse en una marca pública de su propio nombre.







