Publicada 26/2/2026
Cuando el Gobierno de Javier Milei, en julio de 2025 envió al Congreso su proyecto de reforma del Régimen Penal Juvenil, el texto que llegó a la Cámara de Diputados justificaba así la necesidad urgente de bajar la edad de punibilidad: “Actualmente, los delitos cometidos por adolescentes de menos de dieciséis (16) años quedan impunes. Esta circunstancia genera una situación de injusticia, que perciben tanto las víctimas como la sociedad en general. Es imperativo que nuestro sistema legal asegure que aquellos que cometen delitos sean responsables por sus acciones”.
Sin embargo, en el último año, en Provincia de Bueno Aires hubo un crecimiento exponencial del número de adolescentes de 12, 13, 14 o 15 años privados de su libertad en diferentes centros de “menores”: Un mes después del crimen de Kim Gómez, en marzo de 2025 llegaron a ser 102 y según los últimos datos de la Subsecretaría bonaerense de Responsabilidad Penal Juvenil a los que pudo acceder Perycia, en la actualidad hay 80 (51 menores de 16, y 29 que cumplieron 16 privados de su libertad). Es el doble del promedio histórico de 30 o 40 en todo el territorio bonaerense.

La mayoría de los pibes no está por causas “graves”, como homicidios o abusos sexuales. El 60% está encerrado por delitos que tienen que ver con la propiedad privada: robo, robo agravado.
Todos se encuentran cumpliendo “medidas de seguridad”, una herramienta que la ley actual les permite a jueces y fiscales del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil disponer del encierro pese que se trata de personas no punibles. Ingresan al sistema sin juicio y el plazo no está legislado: los magistrados pueden disponer 2 años, o hasta que el chico cumpla la mayoría de edad. Esa arbitrariedad, sin tiempos establecidos, es uno de los principales problemas que los referentes de los derechos de adolescentes encuentran en la ley que impuso la dictadura de Videla y que no soluciona la normativa que impulsan ahora la senadora Patricia Bullrich y Milei. La conclusión es coincidente: No se necesita una reforma sobre la edad de punibilidad, se necesita una reforma que no deje con menos derechos a los sub 16.
“Las ‘medidas de seguridad’ son regresivas, los deja en peores condiciones que los pibes punibles y los adultos. No tiene plazos establecidos ni criterios de revisión. Es una figura muy ambigua, que lo que hace es que cada juez o jueza aplique su interpretación y corra bordes cada vez más”, asegura Sofía Porta, directora del Programa de Promoción y Protección de los Derechos de Niños, Niñas y Jóvenes, de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM).
“Cada vez más chiquitos”
Porta, Licenciada en Trabajo Social, recibe a Perycia en una oficina de la sede central de la CPM. Sobre la mesa, ojea un papel con números y otras anotaciones. Es mediodía en La Plata, mientras en CABA, el Congreso avanza hacia la sanción al nuevo Régimen Penal Juvenil.
“El año pasado hubo un incremento muy importante de medidas de seguridad tomadas por distintos juzgados. Y cada vez son más chiquitos. Entrevistamos a uno de 12 años que estaba en un pabellón – o módulo como le llaman ellos- junto a jóvenes de hasta veintipico en el Pablo Nogués (Malvinas Argentinas), uno de los centros cerrados más grandes y complejos. Estaba por robo. En todos los centros de la Provincia te encontrabas con 1 o 2 no punibles.”
Cuenta Porta que el verano no dio descanso y que el año empezó igual que como terminó el anterior, con recorridas entre el Conurbano y la capital bonaerense, entre pesadas historias de pibes en conflicto con la ley. La Comisión, designada en 2019 como Mecanismo Local de Prevención de la Tortura, tiene la responsabilidad de monitorear y controlar lugares donde haya personas privadas de la libertad en toda la Provincia y eso incluye a las dependencias del Organismo bonaerense de Niñez y Adolescencia, donde hace visitas sorpresivas, diseña estrategias de intervención y acompaña pedidos de morigeración o de arresto domiciliario. “La fuente principal es la entrevista individual con los jóvenes, el cuerpo a cuerpo”, asegura.

“El único lugar para los no punibles – explica- es el Gambier (La Plata), un centro de contención, de semi libertad que ya está estallado. Es el único que tiene una propuesta institucional pensada para esa población, el resto de los centros está pensado para pibes de 16 años para arriba”.
“El crecimiento del número de no punibles encerrados – agrega- tiene que ver con un cambio de temperamento de los jueces y fiscales, que piden que las medidas de seguridad se cumplan en centros cerrados. Lo que tiene el cerrado es que ya lo condicionas a estar en un lugar que no está preparado para él. Encontramos centros donde ni siquiera tenían acceso al R.E.U.N.A, el sistema que te permite ver la historia previa y ubicar al pibe en el mapa. Cuando preguntas cómo trabajan con un no punible, te dicen “como uno más”. Y no es uno más.
– ¿Quedan impunes los delitos cometidos por menores de 16 años, como dice el Gobierno nacional?
– No. Y menos los delitos graves. Los pibes acusados de esos crímenes están encerrados. Y encerrados en condiciones que no les ofrece absolutamente nada distinto a la calle, no repara ni genera instancias para pensar en otro proyecto de vida. Los chicos involucrados en casos mediáticos, por ejemplo, a veces no van a la escuela por pedido de los propios juzgados. Tienen muchas restricciones que son duras para esa edad, como no tener un celular o acceso a redes sociales. Tienen que hacer llamadas desde un teléfono fijo, un aparato que ni sabían que existía. Es de otra época. Las visitas muchas veces son de una vez por semana y duran 2 horas. Para un niño es duro. Nosotros tenemos entrevistas con pibes no punibles que se largan a llorar diciendo “quiero ver a mi mamá”.
– ¿Y están cumpliendo las medidas de seguridad en centros cerrados?
– En general los no punibles están en regímenes cerrados, que es lo que están pidiendo los juzgados. Vimos no punibles en el Almafuerte, que es lo más estricto, con celdas individuales y mucho tiempo de “engome”.
– Lógicas de un penal de adultos.
– Claro, con todo lo que significa eso para la subjetividad del pibe de 12, 13 o 14 años. Despojo total. Un castigo similar a los mayores. Los centros ya no se llaman formalmente “cerrados”, sino que se llaman “socioeducativos de privación de la libertad”, pero lo “socioeducativo” tiene que venir acompañado de una propuesta. En algunos directamente no hay escuela. Estamos hablando de pibes que a veces llegan muy rotos y por ahí no están alfabetizados, muy desvinculados de la educación.
– ¿Y qué tienen para ofrecerle?
– En algunos casos, mucho tiempo de aislamiento en celda. A veces, para que no se peleen o porque tienen poco personal, los sacan en grupos y por ahí, en 24 horas solo estuvieron 3 o 4 horas afuera. Y suelen tener la mala suerte que coincide con el tiempo que tienen para ir a la escuela. Es decir, no les quedan momentos para no hacer nada, compartir, jugar, mirar la tele o jugar al fútbol.
– Actividades de su edad.
– Claro. Y sufren un régimen de sanciones que implica aislamiento, quita de derechos, les sacan la comunicación, tiempo de talleres. Hay pibes que no salen a ver la luz del día. Pibes de 13 años sin contacto con el sol. Solo lo ven a través de una reja de un patio de cemento. Todo eso viendo a sus familias una vez por semana y sin poder festejar sus cumpleaños.
Sufrimiento y tortura, la única respuesta
A lo largo de 2025, en total ingresaron 276 chicos no punibles a los centros cerrados de la provincia. En ese mismo periodo solo 25 menores de 16 años cometieron homicidios dolosos en el territorio bonaerense. Es decir, además de esos 25, los otros 251 fueron detenidos por delitos menores. En su informe anual sobre las condiciones de encierro, 531 jóvenes entrevistados por la Comisión por la Memoria denunciaron 1.416 hechos de torturas y/o malos tratos.
La mayoría de los detenidos son pibes varones, pobres, con problemas de consumo y desvinculación de todas las instituciones del Estado. “Sin embargo – aclara Sofía Porta – hay muchos pibes que con la presión mediática, quedan adentro por cualquier cosa sospechosa. No entienden nada de dónde están, porque no vienen de eso.
– ¿No se asumen como pibes que delinquen?
– Sí, en general se asumen y se quieren morir por lo que hicieron. Les cae la ficha, mucha culpa, arrepentimiento… que también es lo primero que te instala este sistema. El sufrimiento es muy grande.
– ¿Notan el cambio cuando pasan tiempo encerrados?
– Los pibes que entrevistamos cuando recién ingresan tienen mucha angustia por el despojo, hasta del territorio, porque en general no están en su barrio. Mandarlos a estos lugares, lejos de sus casas, los destroza. El cambio se ve en el cuerpo, la forma de hablar, hasta en la mirada. Además es una edad en la que están creciendo y cuando entran eran nenes y después te hablan como pibes de 20. Y tienen 15. Hemos visto niños que en pocos meses se transformaron en pibes desconfiados. Entra a jugar un discurso, una lógica que los convence que lo que hacen puede tener un efecto, que se tienen que portar bien para tener buenos informes. Pero cuando ven que pasa el tiempo, las audiencias y los jueces renuevan las medidas, dicen «Bueno, si no tienen en cuenta todo mi esfuerzo y el de mi familia, entonces empiezo a bardear”. Sienten que nada alcanza y eso genera mucha desmotivación.
– Se endurecen
– Tienen que curtirse, hacerse fuertes. Por ahí en las entrevistas se logran abrir un poco más y hasta lloran pidiendo por su mamá. Pero salen de ahí y tienen que ir armados para no mostrarse débiles en la celda.
– Lo que hay es un Estado resignado, que renuncia a la posibilidad de recuperar a un pibe que delinque
– Si, los meten adentro, pero después no laburan con ese pibe ni con la familia. Entonces, bueno, le das 2 años. ¿Por qué? ¿Tenés algún plan? Y después esa familia no entiende nada, nadie la llama a ningún lado, no saben qué tienen que hacer. Algunos hasta se mudan de barrio, un esfuerzo enorme para que los juzgados vean voluntad.
– La nueva ley prevé penas de hasta 15 años para niños desde los 14 años.
– Pero ¿cuál es el objetivo de esa medida? Esa es la pregunta central. ¿Vas a laburar con el pibe para que, si eventualmente hizo algo, no vuelva a suceder? Lo que nosotros vemos es que el encierro lo que genera es más rencor y resentimiento con esa sociedad que lo expulsa y lo mete adentro.
– Lo punitivo como única solución
– El castigo en sí mismo. No se les da talleres ni oficios y cuando salen vuelven a la misma realidad, o peor, porque estuvieron fuera de juego durante 2 o 3 años y perdieron redes, alguien que pueda darles una changa. Y además llevan la marca de haber estado privados de su libertad. Entonces ¿qué le estás ofreciendo como alternativa a lo delictivo? Nada. Al encierro nosotros lo llamamos “sistema de crueldad”. Los rompe a los pibes. Como los rompe la droga afuera o el circuito que los lleva a robar.
– ¿Dejan de ser nenes?
Son regimenes basados en la restricción. Vemos muchas sanciones irrisorias, castigos por hacer cosas de pibes, lugares donde los sancionan con aislamiento por jugar con agua. ¿Qué hacen los chicos de 12, 13 o 14 años en febrero? Se tiran bombuchas, se tiran con una botella y se cagan de risa. También vimos sanciones escritas en actas por encontrar a los chicos haciendo vocecitas, una forma de pasar el tiempo y hacer bromas entre celda y celda cuando son las 8 de la noche y están aislados, engomados.
– Los castigan por ser pibes
– Hay una concepción de que ese pibe tiene que, además de estar encerrado, despojarse de su condición juvenil. Dicen que el objetivo es “la reinserción social”, pero lo peor que se les puede proponer es este sistema, porque no tiene nada saludable para ofrecerles, nada vital, que les sirva para construirse un lugar de referencias positivas.
El caso Kim
M.N.R. acaba de cumplir un año privado de su libertad. Tenía 14 cuando lo detuvieron en febrero de 2025 y en octubre cumplió 15, encerrado con una “medida de seguridad” dispuesta por la jueza María José Lezcano, y que se renueva cada tres meses. Está acusado por “homicidio en ocasión de robo” pero es no punible y no tendrá juicio. Seguirá detenido hasta que cumpla 18, o hasta que el juzgado diga que ya está, que ya cumplió su pena..
Hasta principios del año pasado, solo lo conocían en la escuela del barrio Cementerio de La Plata y en Altos de San Lorenzo, donde vivía con su mamá y sus hermanos. Fanático del chocolate Hamlet, el verano lo había pasado entre el colegio y la calle. Cuentan que solía cazar palomas para cocinarlas en la puerta de su casa y compartir el guiso con chicos que andaban solos. El 25 de febrero, por la noche, la Policía bonaerense lo fue a buscar en un mega operativo que contó hasta con helicópteros y un rato más tarde su cara pasó las fronteras del barrio: la foto suya empezó a circular en redes y medios de todo el país junto a otro chico de 17 años. Ambos habían quedado involucrados en el crimen de Kim Gómez, la nena de 7 años que murió arrastrada 15 cuadras, tras el robo del auto de su mamá.
La jueza Lezcano y la fiscalCarmen Ibarra consideran que es coautor del homicidio, junto al mayor de los chicos que ya cumplio 18 y esta semana enfrentó el juicio en el Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil. Pero el defensor de M, Ricardo Berenguer sostiene que es inocente: que en el momento del hecho estaba con el otro joven, pero que no participó del robo y mucho menos se subió al auto, en la trágica fuga que terminó con la vida de Kim. Las imágenes de las cámaras de seguridad le dan la razón y los testimonios de los testigos no son claros.
El Programa de Promoción y Protección de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la CPM intervino desde el primer momento, con visitas permanentes a M. También sostiene su inocencia. “Consideramos que se trató de una privación de la libertad más por motivos mediáticos y morales, que por sustento probatorio”, asegura Porta.
M. ya pasó por tres instituciones, sufrió torturas por parte de otros chicos y tuvo intentos de suicidio. “El sistema lo hizo pelota”, advierte Porta. En las audiencias judiciales para definir el encierro, la familia de Kim siempre esperó de él un gesto, una mirada, una palabra de arrepentimiento. Marcos Gomez, el papá y referente de la lucha por justicia para su hija, habló de falta de “empatía” con la víctima, un concepto que también usó la fiscal.
“El pibe más empático que hemos conocido en el encierro es ese”, dice la directora de la CPM. Según Porta, en el centro donde se encuentra detenido, armó una red de acompañamiento para los nuevos ingresantes, saber de dónde vienen, qué necesitan. “Es un pibe que no venía con antecedentes, un chico marcado por la empatía y la solidaridad. Lo que pasa es que le exigen hacerse cargo de una empatía por algo que él dice que no hizo.”
“Hay que ponerles un rostro – concluye Porta – No aparecen los pibes en los expedientes. No aparece qué les gusta, cómo se ven, qué hacían, qué estaban necesitando o a quién le pidieron ayuda”.






