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Violencia institucional

Gatillo fácil

Los verdugos siguen ahí

Cuando Camila tenía ocho años, una bala policial mató a su papá —Gastón Riva—, en los alrededores de la Plaza de Mayo. La Justicia nunca encontró al tirador y la condena a los responsables políticos y policiales de aquella masacre todavía no se cumple. Ella habla de gatillo fácil, de un papá que no era muy cariñoso, de la lucha de su mamá y del miedo que sintió cuando en 2015 Macri llegó a la presidencia.

Por: Milva Benitez
Foto: archivo familiar de Camila Riva y edición de Matías Adhemar
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Publicada el 19 de diciembre de 2021

 

En las fotos Gastón Riva mira a la cámara, en algunas sonríe y abraza a Camila, su hija mayor. En otras, María Arena, la mamá de Camila, está con ellos y también sonríe. “Tengo pocas —dice Camila—, en ese momento era caro y lamentablemente creo que a mí mamá le quedaron muchos rollos sin revelar. Además, yo solo viví ocho años con mi papá. Con mis hermanos hay menos todavía, mi hermana tenía tres años y mi hermano había cumplido dos, el 17”. Tres días después de ese cumpleaños, el 20 de diciembre de 2001 en las inmediaciones de la Plaza de Mayo, una bala policial mató a Gastón.

La noche anterior, Fernando de la Rúa había decretado el estado de sitio y el pueblo le respondió con las cacerolas en la calle. Gastón le dijo a María que creía que tenían que salir a hacer un poco de ruido, pero los chicos dormían. Decidieron seguir la revuelta por televisión. Gastón se fue a dormir primero porque al otro día entraba temprano en la mensajería en la que trabajaba, en el centro porteño. Cuando se fue, su familia dormía. Esa tarde, María lo volvió a ver, esta vez a través de la pantalla: estaba tirado sobre el asfalto, rodeadode gente que intentaba ayudarlo. Lo cargaron en una ambulancia, pero no sobrevivió.

Camila ahora tiene 28 años y dos hijos: una nena de nueve y un nene de tres. Desde marzo de este año vive en San Martín de los Andes, busca una vida más tranquila, que sus hijos jueguen afuera, y se acurruca en un recuerdo que le regaló su mamá: cuando ella tenía tres su papá también quiso ir a vivir a Neuquén, a Loncopué, pero no se dio. “Lo mismo que mi papá quería para mí, hoy lo están teniendo sus nietos”, dice con orgullo. En unos días, sus abuelos paternos Edda y Juancho, que siguen viviendo en Ramallo donde nació Gastón, los van a ir a visitar.

 

¿Por qué elegiste estas fotos? ¿Qué te recuerdan?

— Lo que me gusta de las fotos es que por mucho tiempo tuve algún enojo con mi papá. En algún punto porque yo sentí que la sociedad decía “bueno, pero fue a un lugar así sabiendo que tenía tres hijos”. Yo no pienso eso, ni lo pensaba, pero cuando somos niños somos absorción total. Y también porque nosotros no teníamos la mejor relación del mundo. Él era un poco machista y de algunas cosas yo me daba cuenta. Supongo también que por la época, no lo culpo, pero yo sentía que podría haber sido más cariñoso, más amoroso. Pero él no era así: no le habían enseñado eso y tampoco lo habían criado así, con el tiempo lo comprendí. Y estas fotos lo que me hacen ver es que él está sonriendo, que estamos tirados en la cama pasando un buen momento. No tengo muchos recuerdos de eso, la realidad es que lo veía una hora al día, dos.

Gastón por la mañana trabajaba en la mensajería y por la noche como repartidor en una pizzería. Tenía 30 años. Camila se desliza otra vez en el recuerdo con la certeza de que no les faltaba para comer, pero también con la memoria de un papá que no la pudo criar. “Tampoco me iba a buscar al colegio —masculla y hace una pausa—: me acuerdo que una vez fue… Por eso pienso que es interesante saber de historia, por algo había gente movilizándose. No es que fueron porque les gustaba tirar piedras al aire. La cosa ya no daba para más. De alguna manera, creo que papá fue a manifestarse por él, estoy segura”, concluye. 

Hablando de la historia reciente, en tu trayectoria en los distintos niveles educativos, ¿en algún momento se habló de la represión de 2001, de por qué se llegó a esa situación?

—No. Lo único que recuerdo es que en 2002, cuando entré a cuarto grado, una docente contó lo que había pasado y dijo “Camila perdió a su papá, quiero que la acompañen, quiero que todos la contengamos”. La escuela fue muy contenedora conmigo, esa es la realidad, y después con mis hermanos también. Pero solo recuerdo eso en toda mi vida, a Emilia Daer (que ya falleció) decir eso. Ese mismo año, en diciembre, también mencionó que estábamos a pocos días del aniversario del 20 de diciembre. Era una persona muy comprometida. Después, toda la primaria y la secundaria la pasé sin entender nada de qué se hablaba, hasta que en una clase hablamos de los derechos humanos y yo mencioné a mi papá. Fue con una profesora de teatro que también era muy piola. Estaba en el Danzas I en Mataderos. Pero desde ninguna de las dos escuelas se bajó el lineamiento de hablar de eso como sí se habla del 24 de marzo o de otras fechas patrias. Me parece que la historia reciente Argentina está olvidada. No se sabe mucho de los noventa, los chicos ahora no sabe qué sucedió en el menemismo, qué sucedió para llegar al 2001, no sabe sobre De la Rúa más que se fue en helicóptero y que en diez días hubo cinco presidentes, no mucho más que eso. Y de hecho yo tampoco, me tuve que meter a buscar sola, por mi parte, y hablé muchas cosas con mi mamá.

En los gestos y en los poderosos ojos marrones de Camila, en cada una de las palabras que comparte y sobre las que reflexiona pausadamente se adivina la tenacidad de María.

El letargo de la justicia

En mayo de 2016, después de dos años y tres meses de debate, el Tribunal Oral Federal 6 condenó por primera vez en la región a un ex funcionario político, Enrique Mathov, y a los jefes de la Policía Federal que ordenaron la represión que terminó con cinco muertos y cientos de heridos en los alrededores de la Plaza de Mayo. A dos décadas de los asesinatos de Gastón, Diego Lamagna, Carlos “Petete” Almirón, Alberto Márquez y Gustavo Benedetto el fallo todavía no está firme.

¿Cuándo empezás a tomar conciencia de la idea de buscar justicia por el asesinato de tú papá?

—Durante muchos años no entendí demasiado la situación. Veía que mi mamá daba entrevistas, estaba mucho tiempo fuera de casa, a veces iba a alguna movilización. Ella me hacía parte pero yo siento que no entendía demasiado. Después, en la secundaria tampoco entendía demasiado de política, no me involucré. Mi mamá nos explicaba, pero también era muy complicado hablarle a una nena de eso: ¿cómo le explicás a tres niños que no está más el papá de un momento a otro? A mis hermanos más todavía, mi hermano todos los días preguntaba dónde está mi papá. Creo que recién empecé a tomar conciencia cuando entré a la facultad, tuve a mi hija —también muy jóven— y empecé a trabajar como administrativa en Radio Nacional, en 2015. Ese año significó un quiebre para mí: Mauricio Macri llegó a la presidencia. ¡¿Qué es esto!? Otra vez algo parecido, me dije. Eso fue un despertate, algo hay que hacer. Creo que es importante tener voz en esto porque no fue sencillo para una niña de ocho años ocupar el rol que cumplía una persona adulta, tapar situaciones para no hacer duelo. Cuando Macri fue presidente, sentí que estaba por atravesar otra vez la misma situación, se me generó un miedo interno y ahora yo tenía una hija.

Después de ese cimbronazo, Camila tomó sus banderas. Ahora milita en un sindicato y en Ni una menos. “Mis convicciones son estas y si bien no pertenezco a ningún partido político, milito desde mi lugar con pequeñas cosas”. El día de la sentencia por el asesinato de su papá, ella y sus hermanos estuvieron en la sala con María, su mamá. Era la primera vez que los tres juntos la acompañaban a tribunales. Camila sintió que tenían que estar, porque a su manera también fueron partícipes de esa lucha.

Cuando mataron a Gastón, su mamá tuvo que salir a trabajar y a estudiar y sus abuelos maternos —Carlos y Mecha—se ocuparon de hacerles la leche, de ir a despertarlos y acompañarlos al colegio y, en algún punto, Camila también ocupó ese lugar de cuidados. María no solo sostuvo económicamente a la familia, cuando declaró en el juicio en 2014 contó que un año le llevó encontrar al fotógrafo que registró el momento en que la vida de Gastón se estaba yendo, que también buscó al médico que lo asistió en la ambulancia y al pibe que iba con él en la moto cuando les dispararon.

 

Cuando pensás en la justicia, ¿sentís que si esas condenas quedan firmes va a haber una reparación?

— Va a haber una reparación en el sentido de que van a cumplir una condena. Nada va a devolver a nadie y de hecho las personas que tiraron siguen ahí. Siguen ahí porque sigue habiendo gatillo fácil. Hay un pibe al que lo matan porque venía de jugar al fútbol, a otro por la situación social en la que se encuentra. Y te hablo de los que se conocen porque debe haber muchos casos de los que no estamos enterados. Nada va a devolver a nadie y claramente el sistema judicial se toma su tiempo y eso no debería ser así, debería ser un poco más rápido, más justo. También te soy sincera, las condenas nos parecieron bajas: a veces una persona roba algo y va presa con una condena más alta que alguien que es responsable de cuarenta muertes y más quizás también y de los heridos que eran un montón, pero se conocieron solo los más graves. Entonces, sos responsable de eso y tenés cinco, cuatro, tres años de cárcel y De la Rúa quedó completamentefuera de todo eso y se murió impune, entonces eso te da impotencia. Primero sentí que era en vano, pero después me dí cuenta que se va cumplir una condena y eso es lo importante. 

Mencionaste casos de gatillo fácil, de violencia institucional, ¿te da miedo la Policía?

— No, no me da miedo. Por muchos años traté de no estar cerca por cómo puedo llegar a reaccionar. Comprendo que no son todos los policías iguales, que debe haber policías que no tiran y que quieren cambiar algo, pero la percepción que tengo es que están preparados para cumplir un rol que no es bueno y también que están mal preparados. Pienso que deberían ser gente más capacitada. ¿Bajo qué reglas van y le disparan a un chico que está caminando por la calle? Los sistemas son los que están errando, no sé si tanto el policía que se mete hace un curso y sale con un arma. El sistema enseña ciertas cosas o no es claro o está mal lo que enseña. No es que me dan miedo, pero prefiero tenerlos lejos.

 Nota de la redactora: Después de esta entrevista, Camila mandó un audio de WhatsApp. Su compromiso es con la memoria y quería contar que la Justicia actuó bien y el Estado se hizo cargo respecto a la retribución económica. “No resuelve nada, mi papá que hubiera tenido cincuenta años, hoy no está, pero él hubiera querido dejarnos un montón de cosas y no pudo. Gracias a que salió ese juicio, todo lo que mi mamá luchó sirvió de algo y hoy tenemos una estabilidad”, dice.