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Caso Tehuel

365 días

A Tehuel de la Torre lo desaparecieron el 11 de marzo de 2021. Pasó un año. Pasó una causa judicial que está elevada a juicio, pasaron rastrillajes donde todo parecía más un circo para las cámaras que una búsqueda seria y coordinada. La antropóloga forense Amelia Barreiro, integrante de la Colectiva de Intervención ante las Violencias (CIAV), cuenta qué pasó estos meses y cómo es que ahora ni el Estado ni la Justicia lo están buscando.

Por: Por Amelia Barreiro (Colectiva de Intervención ante las Violencias - CIAV)*  
Foto: Foto: Matías Adhemar
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Es 9 de junio de 2021. Hace mucho frío y no asoma un rayo de sol. De un lado y del otro de una calle de asfalto viejo se acumulan pilas de basura. Ropa, envoltorios de alimentos, vidrios rotos, restos de quema. 

Llegué ahí en calidad de antropóloga forense para acompañar un rastrillaje, ante la posibilidad de que aparezcan “restos de interés”. Nadie nos informa dónde vamos exactamente, solo nos pasaron un cruce de rutas y dijeron que era una zona donde los carreros descartan basura. Tampoco tenemos ningún escrito que explique qué pasos se van a seguir, quiénes más participan, cuál es nuestro rol exacto. Por eso la primera hora y pico de trabajo se va en reuniones de Gente Que No Sabe Qué Hacer.

“Ir a ver” como estrategia de búsqueda. 

¿Cuánto calza Tehuel?

De una mirada rápida se pueden encontrar por lo menos cinco zapatillas azules diferentes en los cientos de metros que recorre ese camino que une la ruta 6 con la 210, en la zona de San Vicente. Instantáneamente recuerdo en la descripción de la ropa que tenía puesta cuando desapareció que sus zapatillas eran azules. Pero no tenemos ningún detalle más de la zapatilla que buscamos. No sabemos la marca, ni el número, solo eso, que era azul. 

Pregunto a la gente del Sistema Federal de Búsqueda de Personas Desaparecidas y Extraviadas (SIFEBU), a los peritos de Gendarmería, a los de Casos Críticos del Ministerio de Seguridad de la Provincia a ver si aparece un registro de ese dato. Pero no. De los vehículos oficiales bajan mesitas con computadoras, gazebos ploteados, sillas plegables, con suerte una bandeja de facturas, pero nadie tiene un dato tan básico. 


¿Cuánto calzaba? Así, en pasado, porque aunque en cada grito lo exigimos vivo, en cada rastrillaje lo buscamos muerto.


En cada montículo quemado agudizo la visión para encontrar algún fragmento, por más mínimo, que pueda haber pertenecido a un cuerpo o a su historia. Hay miles. Pedazos de tela, de teléfonos, restos quemados que nadie va a analizar. La expresión “una aguja en un pajar” no le hace justicia a esta sensación, porque ahí al menos sabés que estás buscando una aguja.

Mientras los restos de ropa, de gorras, de vidas se pudren en la llovizna, los perros husmean un descampado lindero en el que ninguna persona que conozca mínimamente la zona arrojaría algo que quiere que desaparezca teniendo a pocos metros pilas de basura quemada que nadie va a revisar. 

¿Por qué tantas veces nos buscamos (y nos encontramos) en los basurales?

¿Podríamos realmente revisar toda esa basura? 

Sería un trabajo infinito. Como lo que dura la desaparición de una persona.

Una sensación de derrota

Los Perros Entrenados no se acercan a oler los montículos de basura. Sus entrenadores nos dicen que se pueden lastimar las patas con los vidrios. Qué útiles, pienso yo. ¿A dónde más se pueden buscar restos humanos en este lugar que no sea mezclados con la basura? 

Hay por lo menos un perro por cada fuerza de seguridad, custodiado de cerca por un entrenador que los luce con el pecho inflado. Pastores, labradores, grandes y pequeños, tironeando las correas. “Se cansan”, “se estresan”, “se ponen nerviosos” si se cruzan entre sí. Todo ese despliegue no es tanto poner en juego todos los recursos posibles para la búsqueda como un show masculinizado de poder.

Me muevo de un lado a otro siguiendo con la vista el despliegue. No puedo evitar notar que la mayoría de las personas que en ese momento pueblan varias hectáreas de campo son varones cis heterosexuales. Solo hay bomberos varones, buzos varones, policías varones en la montada, todos los entrenadores de perros son varones. Hoy están ahí y mañana en Formosa o en San Luis o en algún otro barrio en alguna otra búsqueda. Un número más de una estadística.

La frustración anticipada se empieza a hacer carne. Hoy tampoco lo vamos a encontrar.

Rodeada de Trabajadoras Empáticas de un Ministerio de Géneros, los ojos de Norma, la mamá, van de un perro a otro, de un caballo a otro, de un bombero a otro. Alguien le frota la espalda como dando ánimos. Tantas veces vimos la mano de una Funcionaria del Estado frotando espaldas encorvadas de madres impotentes que revisan con los ojos la basura.  

El consuelo como política pública mientras que el único subsidio del Estado al que puede acceder una persona trans en situación de vulneración extrema de derechos es de apenas $30.000 por única vez, y tarda entre cuatro y seis meses en cobrarse. Cuando el programa Acompañar para mujeres y personas del colectivo LGTBIQ+ que sufren violencia de género es “incompatible” con un plan social de $16.000 al mes.

La hermana sigue con ojos ansiosos a los perros que huelen todo desinteresadamente. El cielo está gris plomo y no sé si me duele más el frío en las orejas o la angustia de una familia que todo el tiempo se debate entre querer y no querer encontrar nada.

Los buzos dan negativo.

Los perros dan negativo.

Los caballos dan negativo.

Los bomberos dan negativo.

El despliegue de camiones y gazebos empieza a replegarse, derrotado.

Me invade una sensación de derrota a mí también.

¿Qué sentido tiene esto? Hacer como que se busca “une desaparecide” mientras los registros que el Estado lleva de la desaparición y la muerte son binarios. 

Hay identidades que desaparecen aún cuando sus cuerpxs caminan entre nosotres.

Esta misma historia se repite una y otra vez durante los meses que quedan del 2021. Aunque los escenarios son ligeramente distintos (una chanchería, un descampado, otro basural), el final siempre es el mismo.


Y cada vez nos vamos a dormir pensando: ¿dónde mierda está Tehuel?


Buscando desaparecides en democracia

La primera vez que pisé el territorio donde estuvo Tehuel De la Torre la noche del 11 de marzo de 2021 hacía ya un par de meses que desde la Colectiva de Intervención ante las Violencias (CIAV) acompañábamos la investigación y nos devorábamos el expediente entre reuniones por Zoom y charlas en Telegram hasta cualquier hora pensando de conjunto cómo buscar. Un expediente donde unas veces se lo nombra como “él” y otras como “ella”, mientras que desde la fiscalía dicen que investigaron “con perspectiva de género” porque en la elevación a juicio pegaron y cortaron una cita políticamente correcta de Judith Butler.

Tras años de formarme desmenuzando cada detalle de las desapariciones forzadas, ya sea durante la última dictadura cívico-militar de nuestro país o en la guerra civil española, desembarqué en lo que en ese momento era Acciones Coordinadas Contra la Trata, hoy CIAV, allá por el 2013. Buscábamos los puentes que nos permitieran entender la desaparición en democracia a partir del conocimiento aprendido de esas otras desapariciones. Una colectiva de mujeres, que construimos saberes desde los feminismos, contra el binarismo casi absoluto que impregna la investigación de las violencias. Que peleamos por meter en los expedientes judiciales una perspectiva de género que vaya más allá de la cita del libro. 

Dar vuelta los expedientes de Luciano Arruga, Yamila Cuello, Daniel Solano, Johana Chacón o María Cash entre tantos otros, nos llevó a ir encontrando las grietas por donde se cuela algo de información útil en la montaña de papeles —en su mayoría inservibles— que constituyen las causas judiciales de “averiguación de paradero”. Las repeticiones. Lo sistemático. 

¿Dónde desaparece un chico trans?

El barrio donde desapareció Tehuel, en el límite noroeste de Alejandro Korn, ya se acostumbró a todo el circo. Primero empezó la policía a desfilar casa por casa, después los medios y finalmente desembarcó esta producción digna de Hollywood que parece más para las cámaras que para la búsqueda. Autos, camiones, perros, caballos, buzos, botes, ejércitos de uniformes. 

Saber dónde desaparece una persona es una de las claves de toda búsqueda. Y no el dónde-geográfico —que muchas veces es la gran incógnita— sino el dónde-territorio, en qué barrio, con quiénes estaba, quiénes lo habitan. Cada barrio late distinto. Armar el rompecabezas del territorio donde se produce una desaparición es a la vez reconstruir historias y deconstruir prejuicios. Por eso ni las botas de taco de las funcionarias judiciales ni los borceguíes de las fuerzas de “seguridad” le van a sacar información a un barrio que el único vínculo que tiene con el Estado es reclamarle su ausencia. 

En esas calles de tierra llenas de pozos dio sus últimos pasos Tehuel, pero ¿quién de todes les presentes conoce realmente esas calles? ¿Quién conoce realmente a Tehuel?

Las consecuencias son rastrillajes que no saben lo que buscan, descripciones incompletas, perros que no huelen nada aún cuando sabemos que la persona efectivamente estuvo ahí, declaraciones que no aportan datos relevantes mezcladas con el ruido de fondo de los comentarios del barrio y las opiniones en los medios.

El “caso Tehuel”, además, es el primer caso de desaparición de un varón trans que gracias a la presión de familiares, amigues y el movimiento feminista y LGTTBIQ+ organizado logró romper esa barrera que parece dividir la posibilidad del olvido y alcanzar los medios nacionales, única herramienta que por lo general tiene la comunidad para presionar a un Justicia que no solo es ciega, muchas veces parece también sorda. 

¿Por qué es necesario que una madre llore en cámara en varios canales a la vez para “activar” a la Justicia? ¿Una desaparición no es suficiente?

En cada recorrida del terreno están esos mismos medios tratando de acercarse y captar imágenes que alimenten el morbo, sus drones que sobrevuelan, los móviles televisivos transmitiendo en vivo. Igual, a medida que pasan los meses cada vez son menos, los medios. 

Según el informe que en 2015 elaboramos de conjunto con la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX), en nuestro país hay más de 6000 personas que están siendo buscadas desde la vuelta de la democracia. La mayoría de las desaparecidas son mujeres, pero la mayoría de los cuerpos encontrados son varones. ¿Por qué? Porque los cuerpos de las mujeres son ocultados por quienes las desaparecen y no entran al sistema institucional de registro 

Y algo más, de especial interés en este caso: como resultado del registro totalmente binario que lleva el Estado, otras identidades sexogénericas por fuera del binomio varón-mujer son prácticamente invisibles. En el informe “Búsqueda de personas en democracia” que realizamos junto con la PROTEX, entre octubre de 2015 y octubre de 2019, se identificaron 304. Solo una fue registrada como parte del colectivo trans. 

¿Dónde se ocultan, entonces, nuestros cuerpos enterrados, incinerados, mutilados?

No se puede buscar lo que no se conoce

Por lo menos cinco veces desde el equipo de trabajo que formamos CIAV-CELS para el caso de Tehuel reiteramos por todas las vías, formales, informales, virtuales, presenciales, el pedido del listado completo de NN al Funcionario Muy Importante. No nos sirve de nada que nos digan una y otra vez en un corta-y-pega de oficios “no se encontró ningún resto o persona NN compatible con el ciudadano Tehuel de la Torre”. ¿Qué sabe esa persona sobre Tehuel de la Torre?

El 30 de junio de 2021, reunides en el despacho de la Fiscal pedimos la lista de todas las personas, partes, restos óseos que tiene sin identificar la Provincia de Buenos Aires desde la desaparición de Tehuel a la actualidad. ¿O acaso no aprendimos nada después de Luciano Arruga, enterrado como NN después de un informe de autopsia que le estimó entre 25 y 30 años a un pibe de 16, tirando su identidad al fondo de un cajón por cinco años y ocho meses?

“En estos días se lo paso”, me dijeron en la cara. Todavía lo estamos esperando.

¿Y a Tehuel? A Tehuel hace un año que lo buscamos.

Que lo busca la madre en cada esquina.

Que lo busca la hermana cada vez que le suena el teléfono.

Que lo busca une amigue cuando renueva el cartelito en la parada del bondi.

Que lo busca una bandera en una marcha, una pegatina en la pared, un posteo de una red social.

La Fiscalía ya no lo busca. Dejó de buscarlo cuando en diciembre decidió cerrar la etapa de instrucción, rechazar o no ejecutar todas las medidas de búsqueda que tenían pendientes, para elevar la causa a juicio como homicidio agravado por odio a la identidad de género y así sacarse de encima el expediente. 

La causa sigue abierta, pero desde el pasado 20 de diciembre no hay nadie a cargo de buscar a Tehuel.

El Estado ya lo había desaparecido hace rato. Tehuel era trans. Tehuel era pobre. Cayó en un barrio de Alejandro Korn una tarde buscando un mango porque era 10 y ya no le quedaba nada. Tehuel vivía de la changa, del bolsón de alimentos, soñaba con entrar a la cooperativa para cobrar un programa, esa era la presencia del Estado en su Barrio. ¿Qué me hablás del cupo laboral trans?

Un año de búsqueda, más de cinco mil fojas en un expediente que busca a Tehuel en la lista de invitades de una fiesta clandestina en la que nunca pudo estar. Cantidad de rastrillajes con cientos de “efectivos movilizados” recorrieron a pie, a caballo, con drones cientos de hectáreas alrededor del barrio donde desapareció Tehuel y no tenemos más que un pedazo de campera quemada, restos de su celular y unas manchas de sangre en la pared de la casa de Ramos. Una pared que curiosamente fue la única que sobrevivió cuando la familia de uno de los hoy imputados por la muerte de Tehuel decidió tirarla abajo, a la vista de todo el barrio, aunque nosotras nos enteramos cuando llegamos a “allanar” una casa reducida a escombros.

Imaginá por un minuto que tenés que buscar en tu casa algo que te dicen que está perdido. Algo que apenas conocés por foto pero nunca viste personalmente. Algo que cada persona te describe de maneras diferentes, que hasta te nombran de maneras distintas. Aunque conozcas cada milímetro de la casa, no tenés cómo encontrarlo. Te pasas un año buscando sin encontrarlo.

Y a Tehuel, ni el Estado ni la Justicia lo conocían hasta que lo desaparecieron. Y ahora, aunque dicen que lo buscan, tampoco lo conocen.

Porque no se puede buscar lo que no se conoce. 

*La CIAV interviene en calidad de colaboradoras técnicas y asesoras periciales en la causa de búsqueda de Tehuel.

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