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Masacre de Napalpí

“Nuestro pueblo no es cobarde, no es miedoso, nos hicieron ese mal”

La cuarta jornada del juicio por la verdad por la Masacre de Napalpí se llevó a cabo este martes, en la Casa de las Culturas de Machagai. Cinco investigadores y docentes indígenas cuentan cómo trabajaron para romper el silencio en el la matanza sumió a las comunidades, desde hace noventa y ocho años. Las audiencias continuarán el 10 y 12 de mayo, en el Centro Cultural de la Memoria “Haroldo Conti” (Ex ESMA), en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Por: Bruno Martínez
Foto: Secretaría de Derechos Humanos del Chaco.
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Cobertura conjunta con Revista Litigio

Docentes e investigadores indígenas brindaron su testimonio en la cuarta jornada de Juicio por la Verdad de la matanza de indígenas en Napalpí que tuvo lugar el martes en Chaco, en la Casa de las Culturas de Machagai. El primero en hablar fue Raúl Mario Fernández.

 

Fernández nació y vive en Colonia Aborigen. Se desempeña como docente intercultural Qom. Actualmente preside la Asociación Civil Huaxarenaq, también es representante del Consejo de Participación Indígena del Chaco, coordinador del registro de comunidades IDACH y fue coautor, junto al fallecido historiador, Juan Chico, del libro La Voz de la Sangre, que reconstruye lo que fue la masacre de Napalpí, a partir del testimonio de las víctimas y de documentación de la época.

 

Antes de comenzar su testimonio, pidió un minuto de silencio en memoria de Chico, del también fallecido exdiputado provincial y dirigente indígena, Egidio García, y de los líderes de la huelga de la reducción Napalpí, Macha’ (Pedro Maidana) y Chanaxadai (Luis Moreno). “Ñachec”, agradeció al concluir el breve homenaje.

 

“Crecí con Luisa, mi abuela paterna, hija de un cacique. Desde los ocho años me contó la historia. Y solamente me decía dos cosas: que nuestro pueblo no es cobarde, no es miedoso, que nos hicieron ese mal. Y que esto que me transmitía nunca le tenía que decir a nadie porque era muy peligroso. Esas palabras siempre me quedaron grabadas”, relató.

 

Al referirse a la investigación que realizó para el libro que escribió junto a Chico, Fernández destacó que la única fuente que tienen los pueblos indígenas para transmitir su historia son los relatos de los ancianos de la comunidad.

 

“No fue un trabajo de investigación cronológico ni antropológico. Nos juntamos con Juan Chico y decidimos romper el silencio. El silencio tanto recomendado a él como a mí, que nos dijeron que no dijésemos nada. Por eso pusimos a nuestro libro Las Voces de la Sangre”, contó.

 

“Gracias a este trabajo logramos dos cosas: primero, visibilizar el hecho y segundo que nuestras comunidades también se apropien de esta realidad como un hecho histórico”, contó.

 

Para Fernández, todavía hoy continúa una fuerte estigmatización con respecto a la figura del indígena. “Dicen que es sucio, vago, que no quiere trabajar, que quiere vivir de lo ajeno”, señaló.

“No fue un trabajo de investigación cronológico ni antropológico. Nos juntamos con Juan Chico y decidimos romper el silencio. El silencio tanto recomendado a él como a mí, que nos dijeron que no dijésemos nada. Por eso pusimos a nuestro libro Las Voces de la Sangre”, contó Fernández sobre la indagación que hizo junto a Juan Chico.

“Cuando yo iba a encuentros docentes, se hablaba del indígena solamente para decir que fuimos conquistados, dominados, exterminados, que hoy ya no existe el indio. También mencionamos a la evangelización que se dio en nuestro pueblo. Han cambiado nuestras creencias por religiones extranjeras y nos han hecho creer muchas cosas que nosotros nunca vivimos”, añadió.

 

—¿En su investigación surgió algún testimonio sobre si en el momento de la masacre se produjeron violaciones a las mujeres?—, preguntó el abogado querellante por la Secretaría de Derechos Humanos, Duilio Ramírez.

 

—Sí—, respondió el testigo y agregó: —En la reducción de indios Napalpí se producían muchos hechos muy aberrantes hacia nuestras comunidades, especialmente contra nuestras mujeres, que eran violadas por los soldados, por la gente misma de la reducción. Y esa fue una de las razones por las que se revelaron Macha’ y Chanaxadai.

“Tampoco se les permitía salir (de la reducción). Decían que era para que no anden sueltos, como si fuéramos animales. No les permitían buscar su alimento porque culturalmente nosotros teníamos nuestros alimentos. Nuestra gente no podía alimentarse, pasaban hambre. Y el trabajo también era esclavizador. Utilizaban a los hermanos para llevarlos a cortar leña al obraje, luego lo traían y lo encerraban de vuelta. Todo eso hizo que estos dos caciques importantes, uno era Qom y el otro Moqoit, tomaran la decisión de retirarse para no seguir en esa situación de esclavitud. No estaban levantados en armas, sino que pedían un buen trato”, relató Fernández.

Por otra parte, destacó el hecho de que, en 2008, el gobernador, Jorge Capitanich, en representación del Estado chaqueño, haya pedido perdón a las comunidades indígenas por la Masacre. Sin embargo, señaló que hay cuentas pendientes y una reparación histórica al pueblo originario que aún no llega. “Colonia Aborigen todavía hoy no es independiente. No tiene independencia política ni económica”, sostuvo. Cabe recordar que Colonia Aborigen sigue dependiendo administrativamente de la municipalidad de Machagai. 

En 2015 fue sancionada una ley provincial que declaró su municipalización, pero aún hoy, siete años después, esa normativa sigue sin ser reglamentada por el gobierno provincial. De hecho, una de las promesas de la campaña en 2019 del por ese entonces candidato Jorge Capitanich fue, justamente, que durante su actual mandato, la localidad sería un municipio autónomo, con intendente y concejo municipal propio, elegido por sus habitantes.

“Es muy importante que se reconozca oficialmente que nuestros pueblos fueron masacrados, humillados. Mis abuelos y abuelas, cuando se acordaban de Macha’ y Chanaxadai, derramaban sus lágrimas porque dicen que fueron exhibidos como trofeos sus testículos y orejas en la comisaría de Quitilipi. Y también en los senderos donde se podía transitar han dejado las estacas clavadas con sus cabezas”, relató.

“Y eso es muy duro para nosotros y muy triste recordar y contar estas grandes verdades que han hecho a nuestros pueblos. A veces genera pudor hablar de algo que fue humillante para uno. Pero era necesario romper el silencio y levantar la voz, por eso fue importante para mí estar hoy aquí”, añadió Fernández.

“Queremos que nunca más ocurra otro Napalpí. Queremos el derecho a la igualdad, no queremos la cuarta línea de derechos, queremos estar como argentinos, como seres humanos. No pedimos demasiado”, sostuvo Fernández.

“Búsqueda de la identidad”

“¿Cómo fue el proceso de reconstrucción histórica de Napalpí en base a tu investigación?”, preguntó Carniel a Miriam Esquivel. “Ustedes llaman investigación a lo que yo llamo una búsqueda de identidad”, respondió.

Esquivel tiene 33 años, es auxiliar docente indígena de la etnia Qom y profesora en Ciencias Políticas. Trabajó en el relevamiento y registro de los testimonios de sobrevivientes y también con sus descendientes.

Contó que su labor de búsqueda identitaria empezó en 2007, con un trabajo que debía hacer para el Instituto del Nivel Terciario donde estudiaba. “En ese momento, encontré muy poco sobre la masacre de Napalpí. Entonces recurrí a mi familia que es quien me podría brindar esa información y noté que había como un bache, que no cerraba. Entonces en base a eso me dediqué a investigar sobre nuestros orígenes”, comentó.

Durante el acto del pedido de perdón de Capitanich en 2008, Esquivel aprovechó la ocasión para acercarse a la sobreviviente, Melitona Enrique, quien ese día cumplía 107 años, y también dialogó con su familia.

“Recolectamos varios testimonios con Juan Chico. Hicimos varias entrevistas con los últimos sobrevivientes y con las familias. Para nosotros el relato oral es un documento para nuestra comunidad porque nosotros sabemos que la Masacre existió, pero habría que juntar más información para determinar qué fue lo que pasó”, remarcó la docente.

Esquivel indicó que los relatos coinciden en la aparición de un avión que sobrevoló el lugar y que desde ese vehículo arrojaron caramelos. “Y los sobrevivientes, lo que contaban, es que estuvieron en el monte porque no tenían para comer, no tenían agua, no tenían para curarse. Lo hicieron por más de un mes. Hay gente que pudo salir, llegar al pueblo y esconderse también. Incluso también en los últimos años lo que contaban es que hace mucho tiempo el olor a sangre todavía estaba cuando había mal tiempo, que se sentía en la zona”, reveló.

“Hay muchos que no pudieron salvarse, que fueron alcanzados por las balas y murieron en el lugar. A veces los propios animales de la zona comían a esos cuerpos, entonces no se podía encontrar ni reconocer a la gente que murió. Aparte, la policía estuvo trabajando más de un mes en el lugar para que nadie se acerque entonces era imposible reconocer y dar una sepultura”, explicó.

La docente habló del daño cultural irreparable que provocó la Masacre dentro de las comunidades originarias. “Nosotros somos consecuencia de Napalpí. Mi abuela habla el idioma Qom, tiene 86 años, pero mi mamá no habla Qom y yo tampoco. Eso es producto de lo que fue la Masacre. Nos negaron nuestra lengua materna. Los abuelos decían que era para poder cuidarnos, para poder cuidar a las generaciones que seguían, porque el miedo y el temor que había en la comunidad todavía se siente a pesar de tantos años”, comentó.

«La policía estuvo trabajando más de un mes en el lugar para que nadie se acerque entonces era imposible reconocer y dar una sepultura”, explicó la docente indígena de la etnia Qom y profesora en Ciencias Políticas Miriam Esquivel.

“Como indígenas estamos mal vistos por una sociedad que nos discrimina mucho. Por el color de piel, por pertenecer a un pueblo indígena. Y eso sigue latente”, añadió.

“Guiados por las aves”

Juan Carlos Martínez es docente del pueblo Moqoit. Realizó investigaciones sobre sobrevivientes de la Masacre, con especial énfasis en la historia de Pedro Balquinta. También participa del proceso de reconstrucción de la memoria histórica del pueblo Moqoit del Chaco.

“A mi desde niño mis abuelos me contaban la historia de la Masacre de Napalpí y el caso del Zapallar”, relató Martínez, quien hizo alusión a la Masacre del Zapallar, ocurrida el 9 de septiembre de 1933, cuando la policía mató a balazos en lo que hoy es la localidad chaqueña de General San Martín a unos setenta habitantes de las etnias Qom y Moqoit durante una protesta donde sólo pedían comida y abrigo.

“Una de las razones por la que mis familiares no hicieron la denuncia era porque tenían miedo. Nos decían que no había que hablar con el policía porque el policía es quien mató a nuestros abuelos. Y ahí fue la curiosidad personal de averiguar qué es lo que pasó, la historia de aquellos que escaparon y los que sobrevivieron”, indicó.

“Mi bisabuela contaba que fueron perseguidos después por gente a caballo que no estaban uniformados, que tenían perros. Los llaman ‘criollos’. Ellos sabían dónde se escondían los indígenas. Entonces trataban de que los chicos no lloren para que no les escuchen cuando estaban bajo los carros escondidos. Y así se fueron alejando del lugar y también ellos eran guiados y orientados por las aves. Cuando escuchaban que las aves toreaban o cantaban era porque estaban asustadas y ahí se volvían a esconder. Pero cuando las aves estaban tranquilas ellos podían avanzar hasta alejarse del lugar”, relató.

«Se fueron alejando del lugar guiados y orientados por las aves. Cuando escuchaban que las aves toreaban o cantaban era porque estaban asustadas y ahí se volvían a esconder. Pero cuando las aves estaban tranquilas ellos podían avanzar», dijo Martínez que le contaron lxs sobrevivientes.

Martínez reconoció que el silencio sobre lo ocurrido en la Masacre se extendió hasta los inicios del nuevo siglo. “Hice dos reuniones de ancianos del pueblo Moqoit para que me contaran y nosotros con otros docentes. Eso fue en el año 2000. Y nos contaban los ancianos de distintos lugares en donde anduvieron y por qué. Pero muy pocos nos contaron sobre Napalpí, como que no querían que nosotros supiéramos esa verdad”, añadió.

Mirá la cobertura especial de la 4ta audiencia 

“Que se haga justicia”

Gustavo Gómez es docente indígena Qom, especialista en Educación Indígena. Participa del proceso de reconstrucción de la memoria histórica y es organizador de los actos conmemorativos de la Masacre de Napalpí en su comunidad.

Nació en 1975, a un kilómetro de donde ocurrió la Masacre. “Mi gran propósito es que se sepa la verdad de lo que ocurrió en el Lote 38, que fue una gran matanza de bebés, de niños, de tíos, de abuelos, de chicas. Que se sepa la verdad y que se haga justicia”, sostuvo ante la jueza Niremperger.

“Las consecuencias de lo que dejó la masacre de Napalpí en mi persona fue lo que me llevó a investigar qué pasó. Porque yo pertenezco al pueblo Qom, pero mis padres no me enseñaron el idioma Qom. Y desde ahí me pregunté por qué siendo que yo también era un Qom. Entonces, a través de las investigaciones, vi cómo se contradecía la historia que nos contaban los libros y la que nos contaban nuestros abuelos. Las consecuencias que nos dejó la masacre justamente fue la pérdida de la lengua Qom”, explicó.

“Nuestra biblioteca siempre fue la transmisión oral”, sostuvo. “Investigando como docente indígena pude llegara distintos abuelos de nuestra comunidad. En forma oral siempre se transmitía lo que ocurrió en la Masacre, donde hubo un grupo de hermanos y hermanas que se manifestaron para pedir mejor paga”, sostuvo.

Gómez fue claro al señalar al culpable de esta matanza: “El único responsable es el Estado porque esto fue un sistema organizado desde el Estado junto con los terratenientes de la zona porque querían adueñarse de la tierra y lo que hicieron fue desaparecer a los pueblos Qom y Moqoit”, aseveró.

“Decidieron terminar con los pueblos originarios, pero hoy estamos más fortalecidos que nunca, porque estamos viendo que se está descubriendo la verdad de lo que fue la masacre de Napalpí, porque callaron muchos años. Casi noventa y ocho años pasaron y recién hoy el Estado está presente para ver que realmente ocurrió una masacre, un crimen de lesa humanidad”, afirmó.

“Derecho a la verdad”

“Quiero que se reconozca el derecho a la verdad como pueblos indígenas que somos”. Así comenzó su declaración Viviana Beatriz Notagay, última testigo de la jornada.

Notagay es profesora Bilingüe Intercultural e investigadora indígena. Nació en 1987, en el Lote 38 en Colonia Aborigen, donde ocurrió la Masacre. Aún vive ahí.

—¿Qué te contaron los testigos con los que hablaste sobre la Masacre?, preguntó Emiliano Núñez, abogado querellante por el IDACH.

—Inicié mi investigación en 2010 cuando terminé mi carrera terciaria, con un propósito de saber quiénes somos porque los jóvenes de nuestra comunidad, el Lote 38 de Colonia Aborigen, estábamos un poco confundidos sobre nuestra identidad lingüística y cultural”, reconoció Notagay. Además, señaló que “quería saber por qué había tanta negación entre mis pares, en la comunidad, de no hablar la lengua maternay por qué tanta discriminación de los otros, de nuestros pares no indígenas. Y eso me llevó a investigar sobre Napalpí”.

«Vinieron ‘los militares’, que eran los policías, a exterminar, matar y desaparecer a las comunidades—respondió Notagay y concluyó:—porque del más pequeño al más grande intentaron matar».

La docente dijo haber tenido el honor de conocer a Juan Chico con quien comenzó a trabajar en 2010 en la investigación sobre Napalpí. “Hicimos un trabajo de recopilación de datos, de entrevistas. Tuve la oportunidad de conocer al abuelo (y sobreviviente de la Masacre) Pedro Balquinta. También pude hablar con Olegario López, un señor del Lote 40 que en su testimonio nos contaba que a él le comentaron cómo sucedió la Masacre, que llegó un avión donde desparramó caramelos y por más de cuarenta minutos los policías atacaron a nuestras comunidades”, contó.

“También cómo se fueron conformando los fortines y reduciendo los grupos étnicos que estaban en Napalpí, sobre todo eran aquellos terratenientes que llegaron al territorio. Porque para adueñarse del territorio debieron reducir los grupos, y, en esos grupos, separar mujeres por un lado y hombres por el otro para los trabajos del obraje”, explicó.

“¿Cómo era la vida de los miembros de las comunidades indígenas en esas reducciones?”, preguntó el abogado Núñez. “Juan nos contó que la vida en la reducción era una vida de esclavitud, que trabajaban por el pedazo de pan porque los grandes terratenientes no les permitían salir”.

—¿Recuerda algo más que le hayan comentado?—, repreguntó el abogado querellante.

—Lo que fuimos recopilando fue justamente eso, que vinieron ‘los militares’, que eran los policías, a exterminar, matar y desaparecer a las comunidades—respondió Notagay. Y concluyó:—porque del más pequeño al más grande intentaron matar.

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