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Testimonios

24M - La persecución a Montoneros

La historia (jamás contada) del quirófano subterráneo

En La Plata, entre enero y noviembre del ‘76, funcionó un quirófano Montonero de poca complejidad enterrado en el living de una casa. Petra Marzocca, la inquilina del lugar y potencial cirujana, nunca tuvo que actuar. Cuando cayó la responsable de su célula tuvo que escapar con lo puesto. Vivió un tiempo en Berisso, se mudó tres veces en poco tiempo y luego escapó al Sur, donde esperó la democracia con una identidad falsa, sin ser detectada. Cuarenta y siete años después cuenta la historia inédita del quirófano que, a diferencia del resto de las Casas que mapea este Especial, no fue hasta ahora revelada en los archivos de inteligencia policiales.

Por: Laureano Barrera
Foto: Nico Freda
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Más de una vez, durante aquellos quince días de principios de 1976, Petra puso el disco de la compositora infantil María Teresa Corral para bailar con sus hijos y los cuatro desconocidos que hacía algunos días dormían, cocinaban y se bañaban en su casa. Sus hijos varones se habían acostumbrado a su rutina furtiva, al paso siempre sigiloso, pero ahora cuatro extraños ocupaban su dormitorio por las noches y cavaban un pozo en medio del living por las mañanas. Petra había cerrado el consultorio y salía de la casa lo estrictamente indispensable. Los niños, dos y cuatro años, tenían que asimilar la construcción del “embute” sin demasiada expectativa, como un juego divertido que había ideado mamá con esos parientes lejanos. 

—Lo tomamos como unas vacaciones adentro de casa. Fue una etapa hermosa compartirlo con mis hijos y los compañeros, aunque ahora me cuestione un poco por el riesgo que corrían. Lo que pasa es que no éramos cuatro locos que dejaban a la familia aislada. Creíamos en el proyecto y la incorporábamos. Es difícil ponerlo en palabras, pero en ese momento idealizábamos, y pensábamos en Vietnam, en Cuba, en que la lucha iba a ser prolongada. 

En Montoneros, a Petra todos la llamaban “Lucy”. Se había recibido de kinesióloga en la Universidad de Buenos Aires y la habían sumado al área de Sanidad en La Plata. El pedido para montar un quirófano en la casa que alquilaba en la calle 68 N° 1224 —recuerda desde Tandil a través de un zoom, a pocos días de cumplirse un nuevo aniversario del Golpe de Estado—, se lo hizo Alberto Oscar Bossio o Daniel Horacio Clúa, tras explicarle que la organización estaba creciendo mucho en el conurbano sur y las acciones armadas se estaban poniendo cada vez más delicadas. 

A Bossio, el “Negro”, lo había conocido en el Policlínico de la ciudad y era quien la había acercado a la militancia. Había dirigido el área de Sanidad de la Universidad platense en 1973 y el sanitarista Floreal Ferrara le había inculcado un sentido profundo de la medicina como derecho básico. A Clúa lo había conocido después como “Miguel”. Era el siguiente en la jerarquía de la célula debajo de Bossio, y muchos años después se enteró que pudo salir por una frontera del litoral en febrero del ‘77 y que hoy es un médico reconocido en Panamá.

Clúa la puso en contacto con “Manuel”, un militante del área “Logística” de quién nunca supo el nombre, aunque es muy probable que sea Miguel Ángel Tierno, que tenía ese apodo y había asistido en Logística al “ingeniero” Guillermo García Cano, encargado de la realización de los embutes en otras casas de la región.

—Me explicaron cómo iba a ser: un pozo circular bastante grande cuyas paredes se cementaban para aislar la humedad, con una tapa pesada, a la que se le colocaba un autoclave dentro para mantener esterilizado el instrumental quirúrgico que necesitábamos. 

“Manuel” llegó a su casa con otros tres compañeros, que se instalaron unas dos semanas. A uno le decían el “Turco”. De los otros dos no recuerda apodos ni supo más nada. 

—Una parte de la tierra los compañeres la sacaban a unos canteros que habían hecho en el patio. El resto lo cargaban en bolsas y salían con una Renault Traffic que yo había comprado con mi ex pareja y las dejaban en otro lado.

Cuando se terminó de construir el “embute”, Petra encargó una alfombra azul y cubrió el piso de su antiguo consultorio —que ya no volvió a abrir— para ocultar el quirófano subterráneo. Contenía instrumental quirúrgico para hacer cirugías simples, como atender una herida de bala, pero no para intervenciones de alta complejidad. Funcionó desde principios de 1976 hasta octubre de ese año, cuando Petra tuvo que dejar esa casa de apuro: nunca llegó a utilizarse.

El quirófano abandonado

Después de un tiempo, El “Negro” Bossio se apartó del liderazgo del grupo y fue reemplazado por “Lucrecia”, una residente del Hospital de Gonnet cuyo nombre legal era María Magdalena Mainer. El área de Sanidad que estaba a su cargo —cuenta Lucy— estaba compuesta por unas trece personas. 

Cuando “Lucrecia” cayó secuestrada, el 18 de septiembre de 1976 en San Juan, Petra inmediatamente agarró a sus hijos, alguna ropa y se fue a la casa en Berisso de una compañera del policlínico, Esther Lavalle —alias “Ana”— y su compañero Constantino Valledor, nombre de guerra “José”. Se quedó veinte días o un mes, hasta que cayó un compañero de Prensa de “José”. Volvió a armar su bolso, cada vez más chico, y dejó ahí un puñado de fotos que había logrado rescatar de la anterior mudanza. Se mudó entonces a la casa de María Susana Lebed, de apodo “Anahí”, en San Carlos. Allí pasó otras dos semanas prácticamente aislada del resto de la célula. Sólo tenía citas de control con Bossio y con Clúa. 

Le indicaron una cita con un tal “Guillermo” —que no se trata de García Cano—, y cuando estaba llegando percibió movimientos raros y supo que estaba cantada. Se alcanzó a escapar. Bossio le había conseguido un refugio provisorio en Mar del Plata. Pero los planes volvieron a cambiar. 

—En una cita posterior, le hablaron de una compañera que estaba legal, «Peni», que podía salir al sur, Río Negro, y yo con ella y los chicos. Nos contactan el 15 de octubre y en la madrugada del 17 salimos al sur en un Citroën.

Antes de irse, Petra volvió a una de las casas en las que había estado, dejó los muebles en un guardarropa y alquiló un garaje para su auto. Allí estaba, a punto de dejarlo en la guardería, cuando un Falcon detrás suyo le hizo señas de luces: era el propietario de la casa del quirófano. 

—Señora, ¿qué hace acá? Las fuerzas de seguridad reventaron la casa, revolvieron hasta los canteros, me interrogaron dos días, y la están buscando. Tiene que irse.

El operativo en la casa no figura, hasta hoy, en los registros publicados de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA). Algunos familiares que vivían en Capital Federal se enteraron por el diario. Pero cuando Petra se internó dos tardes en la hemeroteca, hace unos años, no pudo encontrarlo. 

Clandestina

En el sur vivió en una chacra de General Conesa que no tenía luz, ni medios de prensa: ninguna información ni contacto con la familia.

—Allí hice de todo: una amiga vendió mi renolito y me mandó el dinero, vendí ropa de lana, puse inyecciones. Un mes después, como estaba muerta económicamente, volví a buscar una plata que me debía IOMA. En el colectivo nos frenó un control y subió el ejército. Yo tenía la pastilla en el bolsillo y estuve a punto de tomármela. Pero milagrosamente tenían listas distintas y de mí no tenían nada.

Petra Marzocca y Daniel Clúa sobrevivieron. El destino de los dos militantes anónimos que trabajaron en el embute es incierto, pero la suerte de casi todos los demás fue trágica. A Lucrecia Mainer, la responsable de Petra que delató a toda la célula, no la perdonaron: pasó por La Perla, varios centros clandestinos del conurbano y también por La Cacha.

A Miguel Ángel Tierno —si “Manuel” fuera Tierno— lo asesinaron el 22 de noviembre de 1976, en la casa donde estaba reunido con toda la conducción de la columna de La Plata. Del Turco supo que lo acribillaron pronto, una patota en plena calle.

Bossio murió, posiblemente, a fines del ‘76: su hermana Ana María concluyó por indicios débiles que cayó combatiendo en la Casa de la Calle 30, el día que secuestraron a Clara Anahí Mariani Teruggi, pero no hay testigos de su presencia allí y su cadáver nunca fue hallado. Petra le escuchó a alguien decir que lo mataron en una toma del Hospital Italiano.

Esther Lavalle y Constantino Valledor, los dueños de la casa de Berisso, fueron asesinados en Mar del Plata.

Además de la dificultad para escarbar en los hechos de la memoria, Petra tiene que cortar la comunicación por su agenda cargada: sigue preparando la nueva movilización para el 24 de marzo en la ciudad de la que nunca se fue del todo, o a la que siempre supo que iba a volver: Tandil.

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