Publicada 7/6/2026
*Conductor de Cacodelphia (Lunes a viernes, 22hs. por Radio Futura)
Miro tu foto en un cuadro que ya se puso viejo. Un cuadro armado con otro cuadro encontrado, al que le pegué un póster recortado de una revista y cubrí con un nylon para protegerlo de las cucarachas. En aquellos años lo pegábamos con engrudo y las cucarachas se comían todo.
Mientras miro esa foto, también veo al pibe de trece o catorce años que fui. Un pibe que crecía a los golpes, al que la vida le soltó los perros demasiado temprano.

Eran los años noventa y crecíamos en uno de esos barrios desangelados de la periferia. De allí salió buena parte de una generación que llegaba a la vida cargada de preguntas, incertidumbres y sin líderes a la vista.
Entonces el mundo cambiaba de golpe: se caía el Muro de Berlín, terminaba una época y comenzaba otra. Mientras tanto, por estas tierras nos prometían la revolución productiva, el uno a uno y un futuro de prosperidad que parecía estar a la vuelta de la esquina.
Nosotros crecíamos en medio de todo eso, tratando de entender qué lugar nos tocaba ocupar en un tiempo que parecía haber perdido sus certezas.
Miro tu foto en ese cuadro y también me veo a mí.
Me veo corriendo detrás de cada publicación, esperando una revista, una entrevista, una foto o una letra nueva. Y me veo juntando moneda por moneda para sacar una entrada. Monedas ganadas cortando el pasto, haciendo mandados, trabajando en la construcción, repartiendo volantes de negocios cuyas ofertas nunca estuvieron a mi alcance. Monedas conseguidas como se podía, incluso vendiendo mis rulos cuando hizo falta. Porque llegar no era fácil, pero el deseo siempre era más fuerte. Porque cuando no se tiene casi nada, un recital puede convertirse en todo: una celebración, una bandera, una forma de pertenecer, una promesa de que existe algo más allá de los límites del barrio.
Por esos días terminaba la escuela primaria y el mundo comenzaba a presentarse en canciones. Llegaba fragmentado en versos, en imágenes, en preguntas que no sabía formular pero que ya estaban ahí. Las letras me empujaban a leer, a buscar, a entender. A sospechar que detrás de cada canción había una puerta, y que detrás de cada puerta existía un mundo entero esperando ser descubierto.
Veo tu foto en ese cuadro y vuelvo a ver a aquellas pibas y pibes que fuimos, hijos de un país donde la garrafa viajaba sobre la bicicleta, la lluvia se colaba por el techo y las noches pasaban compartiendo un pedazo de pan y un jarrito de mate cocido. Quizá por eso desconfiamos de quienes entonces repetían que todo debía ser fácil, rápido y barato. La vida que conocíamos tenía otros ritmos, otras marcas y otras verdades.

Y veo también aquellas misas paganas donde nos encontrábamos con otros pibes llegados del otro país. Porque en los noventa había dos países. El de los que juntábamos monedas para viajar al recital y el de los que podían llegar sin preguntarse cómo volver. El de los barrios olvidados y el de las calles prolijas detrás de las rejas.
Sin embargo, por unas horas, los dos países ocupaban la misma cancha, cantaban las mismas letras y saltaban en el mismo pogo. No desaparecían las diferencias, pero quedaban suspendidas en el aire. Por eso Los Redondos fueron para muchos de nosotros una de las pocas cosas creíbles. No prometían paraísos ni futuros brillantes. Simplemente estaban ahí. Hablándole tanto a los que veníamos de callecitas polvorientas y perros flacos por donde Dios no pasó, como diría Yupanqui, como también a esos que crecían del otro lado de la autopista, de las vías, del arroyo, del terraplén, más allá de la inundación.
Y mirando tu foto en ese cuadro entiendo que quizá fue eso lo que encontramos en aquellas noches: un lugar donde dos países que casi nunca se miraban podían reconocerse, aunque fuera por un instante, en la misma canción.
Un recital era entonces un momento efímero pero intenso de reconocimiento social, generacional y cultural, unido por un sentimiento casi místico en torno de los héroes indiscutibles. No importaba si no sabíamos explicar por qué. Lo sentíamos. Lo creíamos. Lo necesitábamos.
«En los nervios de esos pibes hay más información del futuro que en toda la experiencia que uno tiene», señalaba entonces el señor de las palabras. Y es que esos pibes, con sus zapatillas rotas y la mirada firme, sabían cosas que muchos adultos habían olvidado. Sabían que el futuro no se espera: se inventa. Que la dignidad no se hereda: se construye. Y que en medio del humo, del pogo, de esa poética que nos hacía pensar y sentir, se abría un espacio real, aunque fugaz, donde todos podíamos reconocernos como iguales. Ahí, en ese territorio compartido de gritos y abrazos sudados, el recital era, aunque no lo supiéramos, una forma de resistencia. Una forma de decir: “estamos acá, seguimos vivos, todavía soñamos”.

Veo tu foto en ese cuadro y vuelvo a escucharte hablar.
No solamente cantar. Hablar. Contar historias. Dejar nombres caer sobre la mesa como quien deja migas para señalar un camino.
Así fue como conocimos a Marechal, aquel al que le decías entre bromas y admiración: “Cuídese de mí, Leopoldo, cuídese de mí”, cuando te lo cruzabas en las playas de Valeria del Mar. Así aparecieron Truman Capote, William Burroughs, Jack Kerouac, Norman Mailer y toda esa constelación beat que se colaba en las entrevistas cuando parecía que estabas hablando de cualquier otra cosa.
Y detrás de ellos llegaban otros nombres. Leonard Cohen y Bob Dylan. Piazzolla y Eduardo Rovira. Discépolo y su mirada incómoda sobre el mundo. Los Fronterizos, el Tata Floreal Ruiz. Evita y Lennon. La alta cultura y la cultura popular sentadas en la misma mesa, conversando sin pedir permiso.
Porque en cada reportaje, en cada charla, parecías hacer algo más que responder preguntas. Hablabas de literatura, de cine, de pintura, de filosofía. De la generación beat, de la psicodelia, del existencialismo. Hablabas de cambiar al hombre antes que a la sociedad, de desconfiar de las verdades santificadas, de mezclar, contaminar y cruzar mundos que otros insistían en mantener separados.
Mirando tu foto en ese cuadro entiendo que muchos llegamos a esos autores, a esas músicas y a esas ideas siguiendo esas pistas dispersas que ibas dejando en el camino. Como quien arroja semillas sin saber dónde van a crecer.
Y así, casi sin proponértelo, terminaste ejerciendo una extraña forma de docencia. Una pedagogía clandestina. Un magisterio sin aula ni programa. Mientras creíamos que sólo íbamos detrás de canciones, también íbamos aprendiendo a leer, a escuchar y a mirar el mundo de otra manera.
Veo tu foto en ese cuadro y comprendo que, en definitiva, para muchos de nosotros fuiste mucho más que un músico.
Fuiste una especie de vocero cultural del siglo XX. Un faro para quienes encontrábamos en cada entrevista, en cada disco y en cada referencia escondida una puerta hacia otros mundos. Nos enseñaste, quizás sin proponértelo, que pensar no era un delito, que leer podía ser una forma de rebeldía y que aun desde el margen, aun con los zapatos embarrados, era posible construir una biblioteca propia.

Mirando tu foto vuelvo a aquel universo fascinante que habitaban tus canciones. Un territorio poblado de postales, símbolos y metáforas que muchos calificaban de oscuras, clandestinas, rebuscadas o crípticas. Sin embargo, para nosotros había allí algo profundamente familiar. Algo que nos conmovía antes de que pudiéramos explicarlo.
Era una literatura densa, espesa, cargada de imágenes. Y, sin embargo, la entendíamos. No porque pudiéramos descifrar cada referencia, sino porque aprendimos a habitarla. Porque no siempre hacía falta comprender con la cabeza aquello que ya había comprendido el corazón.
“Los pibes tratan de averiguar qué estoy diciendo”, dijiste alguna vez. Y tenías razón. Muchos volvíamos de los recitales con una pregunta nueva entre las manos. Buscando un libro, una historia, una palabra o una idea que se nos había escapado en medio de la canción.
Pero también es cierto que muchas veces las respuestas aparecían ahí mismo, sobre el escenario. En una mirada. En una pausa. En una mueca. En esos silencios que parecían decir tanto como las palabras. Porque a través de tus gestos, de tu manera de ocupar el escenario, terminábamos de entender aquello que las canciones apenas insinuaban.
Y entonces sabíamos de qué hablabas cuando nombrabas corderos y lobos, vírgenes y rebaños, héroes y esclavos, infiernos y heridas, amores y derrotas. No porque pudiéramos traducir cada metáfora, sino porque reconocíamos esas historias en nuestras propias vidas.
Mirando tu foto en ese cuadro entiendo que quizás allí estaba el secreto. No nos ofrecías respuestas. Nos dabas imágenes, preguntas y señales. Y con eso alcanzaba para que una generación entera se animara a buscar su propio camino.
Por eso, mirando tu foto en ese cuadro, siento que la palabra gracias queda inevitablemente chica. Gracias por las canciones, claro. Pero también gracias por los libros que nos empujaste a buscar, por las preguntas que nos obligaste a hacernos, por la curiosidad que sembraste en tantos pibes y pibas que crecimos creyendo que el mundo terminaba en los límites del barrio. Gracias por habernos enseñado que la cultura podía ser una herramienta de libertad, que la belleza podía encontrarse en los márgenes y que pensar con cabeza propia era una forma de dignidad. Quizás nunca imaginaste todo lo que provocaban tus palabras. Pero ahí está la huella. En nuestras bibliotecas, en nuestras conversaciones, en nuestras formas de mirar la realidad. Y también en aquel pibe que todavía me devuelve la mirada desde este cuadro viejo, recordándome que muchas de las puertas que alguna vez me animé a cruzar comenzaron a abrirse gracias a vos.





