Publicada 20/7/2026
La escena ocurre pasadas las 10 de la mañana del jueves en la puerta de un cajero automático de La Plata. El día anterior Argentina pasó a la final con el triunfo agónico contra Inglaterra y todavía algún rezagado sigue tocando bocina.
Sentados en el último escalón, un hombre de unos 30, con gorro de lana habla con su compañera, de pelo suelto y en patas. Detrás, una frazada arrumbada, una manta, un cacho de cartón y un perro. Fuman. Esperan las sobras de alguna extracción.
– La garra del equipo… Eso. Eso fue..
– ¡Unos huevos! Se quedaron re calientes esos ingleses.
-Jaja, manga de cagones.
El fútbol es de todos. Detrás del negocio y el show, le pelota desnuda siempre su esencia invencible, y – como ya sabemos- no se mancha.
Hay un potrero arriba del cerro más alto e irregular de la Puna, en la soledad nevada de la Patagonia, sobre la tierra colorada del Litoral, al costado de un lago, a metros del mar, al pie de las sierras, en el patio de la escuela y en las plazas, en los montes y las villas; en la arena de Mar del Plata y en el suelo de Malvinas.
Por eso siguen sonando bombas de estruendo, cornetas y bocinas, mientras el capitán llora con una medalla de segundo puesto colgada en el cuello en el MetLife Stadium de Nueva York, a solo 30 minutos de Wall Street.

En la tierra de Diego y Lionel se festeja la consagración sin copa. Los barrios salen con sus cochecitos de ruedas embarradas, zapatilla de cordones desatados, motos tirando cortes y pibes y pibas con remeras de Messi. “Sin un mango”, desde las entrañas de nuestro territorio nacional salen a reclamar lo que es suyo. Porque les sacaron casi todo, no hay laburo, sube el bondi, el alquiler, la luz, el gas y ya pasaron 20 días del mes y no nos queda ni para la SUBE; pero la alegría se defiende.
Se va el torneo de los mensajes: El grito soberano de “Las Malvinas son Argentinas”, las dedicatorias del ídolo a los que no tienen trabajo y no llegan a fin de mes, la reivindicación de los clubes barriales que formaron a nuestras estrellas, la negación del saludo final al dueño de las guerras y el terror mundial.
Y los barrios copando el Obelisco y las plazas de todo el país también tienen el suyo. Le dicen “gracias” al equipo, aunque no vuelva a Buenos Aires con “la cuarta estrella brillando en la camiseta”. También llevan – sin buscarlo- un reclamo fuera de la cancha: esto que nos iguala, nos une y nos hace festejar, se parece mucho a la justicia social que los que gobiernan aborrecen.






