De espaldas sobre el suelo y con una herida abierta en su cuello, Adams Ledezma, de 41 años, se ladea a un costado. Es la madrugada del sábado 4 de septiembre de 2010 y Adams –periodista y director del canal Mundo Villa TV– tiene que dar un taller de periodismo en su propia casa en algunas horas. El encuadre de una cámara, el agarre del micrófono, la posibilidad de contar una noticia, como la de alguien que, solo y en medio de la noche, cae herido tras un ataque vil. Nada de eso importa esa madrugada, mientras los ojos de Adams se clavan en el cielo oscuro de la 31. A unas cuadras, Christian David Espínola, o “Pichu”, de 22 años, corre con un cuchillo en la mano y se pierde en los pasillos angostos de la manzana 99.
Esa noche, Adams Ledezma, fundador del primer canal emitido desde una «villa de emergencia» en Latinoamérica, fue asesinado por un joven involucrado en el narcomenudeo de la 31. Adams había denunciado esta actividad públicamente en varias entrevistas con distintos medios. Hoy, dieciséis años después de su asesinato, y frente al avance de las narrativas y políticas antiinmigrantes del gobierno, la obra póstuma del periodista boliviano se construye todos los días.
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“Lo único que hay que erradicar de las villa, es la miseria”, reza un mural de bienvenida del Padre Mugica, el cura asesinado en 1974 por la Triple A, en uno de los ingresos a la Villa 31 en Retiro. Al lado, Carlos, alto, robusto y con un delantal, prepara su puesto de comida como todos los días. Son las 11 de la mañana de un sábado de agosto. “Hay un lindo sol. La gente del barrio va a salir a comer”, dice, mientras prende el carbón en un chulengo y se descongelan cuatro patas de pollo en la mesa. De frente, en otro puesto, escuchan música a todo volumen. “Lo mejor del Súper Quinteto”, ofrece el vendedor, con un equipo de música que le llega a la cintura y una mesa tapada de CD´S, vasos de vidrio ordenados por tamaño y ollas de cocina a la venta. “Cincuenta temas enganchados. El clásico de la cumbia norteña, compadre”, dice y pregunta “¿Sabes quién fue Hugo Flores?”. Así es la Florida de la 31, la calle principal del barrio. Un lugar de paseo y, sobre todo, de encuentro. Los vecinos que van para un lado, se paran y saludan a los que van para el otro. Pero la calle no es peatonal, cada tanto una bocina de auto alerta su paso y la gente debe abrirse. Tras cuatro cuadras, se llega a la manzana 99, fundada por Adams cuando era delegado y donde hoy está su casa. La que funcionó años atrás como un estudio de televisión, transmitiendo por cable una señal para, en ese entonces, 1.500 hogares de la 31. Allí funciona hoy la Casa de la Cultura de la Villa 31, el primer centro cultural del barrio.
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Una casa enorme como si fuera un garaje. Abierta, con paredes blancas y un techo alto. Una mesa para diez personas y una televisión reposan en el medio, separados por cortinas que simulan ser puertas y llevan a los cuartos. En la pared del fondo cuelga una foto panorámica de siete metros de largo. Es el barrio entero desde arriba, con sus ingresos, pasajes, los techos de las casas y la autopista Illia que raya el cielo de la 31. Abajo, en un hueco, un altar. Rosarios, estampitas del Papa Francisco, una vela consumida y tres retratos de Adams completan el decorado. Ruth Torrico, pareja de Adams, mira el altar y dice: “lo recuerdo todos los días”. Se conocieron en la ciudad de Potosí a principios de los años ‘90, aunque Adams nació en Santa Cruz de la Sierra. “Me enamoró por su firmeza y actitud. Era blanco o negro con él, nada de gris”, sigue Ruth. Un vecino entra y la interrumpe. Le pide permiso para el uso de su baño. Ruth accede. “La solidaridad con el vecino la aprendí de mi marido”.
En 1999 Adams, de 30 años, llegó a la 31 por primera vez, junto con Ruth y sus tres primeros hijos: Yunitza, Armando e Israel. Convivieron primero en la casa de su madre, pero las constantes discusiones entre ella y Ruth, además de un cuarto hijo en camino, llevaron a la familia Ledezma a buscar su propio hogar. Uno de los primeros empleos de Adams fue como cocinero en un restaurante de Palermo. “Vivíamos con lo justo, pero teníamos que encontrar un lugar para criar a nuestros hijos”, cuenta Ruth. Ese lugar llegó luego de la mano de “Don Armando”, un vecino cordobés que le vendió su amplia casa al matrimonio Ledezma por 1.500 pesos en esa época. Una casa sin número, ni manzana. Tampoco agua o luz.
Una noche, volviendo de su trabajo, Adams encontró a su esposa embarazada cargando dos enormes baldes de agua para la casa. Ella hizo una pausa y lo saludó de lejos. La imagen de Ruth caminando en la oscuridad y agobiada por el esfuerzo había sido suficiente. Esa misma noche empezó a preguntar a todos sus vecinos con agua y luz cómo tenían esos servicios.
“Hablaba y anotaba todo en una libreta”, recuerda hoy su esposa. “Como un periodista”, dice. Primero interrogó a sus vecinos, luego a los delegados del barrio. También fue a ver a funcionarios de la ciudad. Adams preguntaba y aprendía. Se encontró así –y sin saberlo– con el periodismo.
Cloacas, iluminación, seguridad, espacios verdes. Los discursos de Adams se destacaban en las juntas vecinales con el transcurso de los años. Durante el 2008, las reuniones terminan organizándose en su propia casa, que, para ese año, ya tiene agua y luz. Al terminar cada encuentro, Ruth ofrecía empanadas y gaseosa. Adams acostumbraba a acompañar a cada vecino hasta la salida para despedirlo. En una de las últimas reuniones de ese año, cuando Adams despedía a un vecino en la puerta, vio a cuatro jóvenes fumando marihuana y tomando cerveza. Uno, de buzo azul y capucha, lo miraba fijo, mientras largaba el humo de su boca.
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Un proyecto de inversión para una nueva red de cables y antenas en el barrio despierta el interés de Adams en el 2008. Los únicos proveedores del servicio en esos años eran las empresas que dominaban el mercado, como Cablevisión y Direc TV, inaccesibles en costos para muchos vecinos. Pero el proyecto necesitaba licencias que reglamentaran el uso de las antenas para operar legalmente. Es cuando Adams conoce a Víctor Ramos, fundador del INADI durante el menemismo –hoy eliminado por decreto por el gobierno– e impulsor de la Casa de la Cultura en la villa 21. Ese año, Adams fue a ver a Ramos a su oficina, donde funcionaba la O.N.G “S.O.S DISCRIMINACIÖN. “Pensé que era un delegado más, pero no. Se le notaba mucha energía y vocación social”, recuerda Ramos. A través de la ONG, Ramos y otros integrantes lanzaban mensualmente el periódico Mundo Villa, que reunía en sus páginas las principales noticias de algunas villas del país, como La 21, La Carcova y la 31. Las noticias eran escritas por sus mismos vecinos. Tras varias reuniones con Adams en ese tiempo, Ramos aceptó colaborar a cambio de un canal de TV comunitario. Ramos, a través del contacto con jueces y abogados, consiguió el permiso legal para el funcionamiento del canal.
Adams se integró rápido a Mundo Villa. La posibilidad de difundir las problemáticas de su barrio lo motivaba. Cavaba la fosa para realizar alguna obra cloacal, sacaba una foto y llamaba al coordinador periodístico del diario para publicarla. Fue así que realizaron junto a Ramos el documental “La Guerra del Agua”, donde se reflejaba la situación de falta de obras cloacales en la manzana 99, a tres cuadras del Sheraton Hotel de Retiro, uno de los complejos turísticos más costosos del país.
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La sonrisa de Adams se disparó una tarde del 2009, mientras pasaba por el mural del Padre Mugica y compraba una salchicha asada en la calle principal. Acababa de ser nombrado director del nuevo canal Mundo Villa TV. En una libreta anotaba las coberturas que tenían que realizar: un árbol que se estaba por caer cerca del playón, las obras abandonadas y la fiesta de la Virgen de Copacabana, una de las más celebradas por la comunidad boliviana. Esa tarde entendió que se necesitaban más personas para cubrir treinta y dos hectáreas de extensión con, esa época, más de sesenta mil habitantes.
“Formemos nuestros periodistas de la 31”, le dijo Adams a Ramos en su oficina de Avenida de Mayo 846, con ejemplares de la última edición del matutino Mundo Villa en el escritorio. El exdirector del INADI lo miró curioso. Su ONG ya coordinaba talleres de periodismo en los barrios de Barracas y Soldati “Podría ser la oportunidad para la 31”, le dijo Ramos, reclinándose sobre su silla. Adams ofreció su casa para comenzar. Le explicó que es amplia y su esposa Ruth también lo ayudaría. No lo sabía Adams, pero Rodolfo Walsh había realizado talleres de periodismo en ese mismo barrio en 1974. El “Semanario Villero”, fue un ciclo de charlas que el periodista desaparecido impulsó en la 31, tras investigar y contar para el diario Noticias las problemáticas de urbanización de sus vecinos. A su vez, en ese mismo diario, Walsh investigó el asesinato del dirigente boliviano de la 31, Alberto Chejolán, en manos de la Triple “A”. El 25 de marzo de 1974, mientras se realizaba una movilización en Plaza de Mayo para exigir más obras en el barrio, Chejolán recibió un disparo letal por parte de la policía al mando de José López Rega.
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Adams toma una pizarra grande y escribe con tiza: “Todos los sábados”. “Talleres de periodismo”. “11 hs”. Mira. Piensa. Agrega una palabra: “Gratis”. Saca el cartel y lo coloca en la puerta de su casa. Escucha risas enfrente. Pichu, de buzo azul y capucha, y dos amigos se burlan. “Estos bolivianos ya no saben qué inventar”, dice entre risas. Adams termina de poner firme su cartel y entra.
Es un sábado del 2009 y veinte personas, entre adultos y jóvenes, se presentan en la casa de los Ledezma para el primer taller de Mundo Villa. Joaquín Ramos, hijo de Víctor y editor general del diario, las recibe. Ruth se acerca y deja una bandeja con facturas. Adams se presenta, mientras sostiene su cámara. Explica el objetivo del taller. La importancia de mostrar la realidad del barrio, contada por sus propios vecinos. “Cuando nosotros decimos mi casa, decimos mi villa. Recuerden eso”, explica. Joaquín termina de repartir hojas y lapiceras a cada alumno, cuando uno más pide permiso y se suma a la mesa. Es Israel Ledezma, su hijo, que ya tiene quince años.
Esa noche, mientras Ruth fríe milanesas y Adams llega de su nuevo trabajo como vigilador en la estación de Retiro, un olor fuerte entra por las ventanas de la cocina. Ruth se tapa la cara por su embarazo, el sexto, y mira a su esposo que se asoma a la ventana. Pichu y dos amigos más fuman marihuana y toman vino. Adams sale. “Chicos, vayan a otro lado. Le está entrando todo el humo a mi señora. Respeten que están frente de mi casa”, pide firme. “¿Qué te pasa, boliviano? Tómatela vos”, retruca Pichu. Adams avanza unos pasos. Pichu también, pero sus amigos lo detienen.
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La figura del periodista boliviano como líder social empieza a tener visibilidad ese año. Su canal se ve en mil quinientos hogares del barrio y en algunos de la villa 1.11.14. Tiene la cámara siempre lista y los talleres avanzan, formando más voces. Hasta le propusieron postularse como diputado en las elecciones legislativas. Un canal de televisión nacional se acerca a su casa para que explique qué es Mundo Villa TV. “Vamos a demostrar que ser pobre no es sinónimo de delincuencia. Que hay gente buena. Vivimos en una villa por necesidad, pero somos trabajadores. Luchamos por la dignidad de la vida”, cuenta Adams frente a la cámara.
Esa noche, Pichu camina tambaleando, con una botella cortada a la mitad y llena de vino. Se para frente a la puerta de los Ledezma, cubre su cabeza con la capucha y golpea. Ruth abre. “El delegado. Quiero hablar con el delegado”, exige Pichu, levantando la voz. Adams escucha del otro lado y sale. “Vos me bardiaste el otro día, loco. Pero todo piola, vení y compartí conmigo”, le dice, mientras le alcanza a Adams su bebida. Pero él le explica que tiene una reunión y debe irse. Toma una campera de adentro, lo esquiva y sale caminando. Pichu queda solo, con su botella cortada a la mitad en la mano y los labios teñidos de violeta.
“La Casa de la Cultura va a ser en tu casa”. Así fueron las palabras de Víctor Ramos, al comentarle el proyecto a Adams. Además de las clases de periodismo, le propuso Ramos, podrían sumarse las de dibujo, música y baile. La sonrisa de Adams se dispara. Es viernes por la noche y mañana debe dar clases en el taller. Despide a Ramos y se va por Avenida de Mayo.
Dos golpes durante la madrugada en su puerta lo despiertan de un sobresalto. Adams mira la hora en su celular: las cuatro de la mañana. Una voz extraña desde afuera le explica que un desperfecto técnico dejó a toda la cuadra sin luz. Busca en su caja de herramientas, toma un buscapolo para medir la electricidad y sale. Todo está oscuro. No hay estrellas. Mira para un lado y no ve a nadie. Se da vuelta y un buzo azul, una capucha y un cuchillo lo miran fijamente.
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“Vamos entrando, chicos, que empezamos”, dice Joaquín Ramos, con una campera gruesa, una boina negra y varios diarios bajo el brazo. Es un sábado del 2016 y, tras seis años del asesinato de Adams, un nuevo ciclo de talleres de periodismo de Mundo Villa comienza. Israel Ledezma, en ese tiempo de 22 años, tiene su cámara lista. Un grupo de quince jóvenes entra a la casa y se acomodan en la mesa del centro. Joaquín y otras coordinadoras reparten fotocopias y lapiceras, mientras dan la bienvenida. Ruth aparece con un vestido verde y largo, saluda a todos con un beso y ofrece facturas dulces. “Bienvenidos. Gracias por venir a nuestra casa”, dice y continúa con los besos. Joaquín se acerca al grupo y habla: “Antes de empezar, me gustaría saber por qué decidieron venir a un taller de periodismo”, indaga el editor del diario. Israel prende su cámara. Nadie dice nada. Un silencio incomodo invade la casa. Una chica de pelo largo y piel morena pide la palabra. “Mi hermano es discapacitado. Está en silla de ruedas y ninguna calle de nuestra manzana está pavimentada. No se puede mover de casa. Quiero poder escribir sobre eso”. Otro silencio. Joaquín le dice que no se preocupe, que para eso se creó éste taller y finaliza con una pregunta: “¿Saben quién fue Adams Ledezma?”, mientras tanto Israel enfoca su cámara a un retrato en la pared, rodeado de santos, debajo de un cuadro de toda la 31.
La persecución migrante
Desde comienzos de este año, la ministra de seguridad, Alejandra Monteoliva, impulsa redadas y operativos antiinmigrantes en distintos puntos de comercio y circulación de personas extranjeras, tanto en determinados barrios de Capital Federal, como en la provincia de Buenos Aires. Bajo la narrativa de “combatir la inseguridad”, la ministra exhibe en sus redes cómo la Policía Federal y la Dirección de Migraciones se unieron para intensificar los controles de residencias y ciudadanías extranjeras. Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, el Gobierno nacional registró casi 5.000 inadmisiones y expulsiones de ciudadanos migrantes. Hacia mediados de 2026, las cifras oficiales informaron un total acumulado de unas 14.000 expulsiones. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), sin embargo, advierte que estas medidas forman parte de una política de restricción de derechos y persecución a través de la irregularidad migratoria. Los recientes cambios introducidos por el decreto 366/25 a la ley de Migraciones (25.871) dificultan el acceso a los trámites de ciudadanía, a la educación superior, habilitan el arancelamiento en el sistema de salud y facilitan las expulsiones. En lugar de discutir toda esta modificación en el Congreso, denuncian desde el CELS, el gobierno lo hizo con un instrumento previsto para situaciones de urgencia y necesidad, que no aplican en este caso.
Las personas que tengan condición migratoria irregular, detallaron desde el organismo de derechos humanos, ya no tienen derecho a estudiar en niveles terciarios o universitarios. Solo pueden acceder a la educación inicial, primaria y secundaria. También se restringe el acceso al sistema público de salud. Solo pueden acceder gratuitamente las personas con residencia permanente o en casos de emergencia. En otros casos, se requiere presentar un seguro médico o pagar el servicio. Estas dos decisiones son completamente ilegales, van en contra de la Constitución y de tratados a los que el país adhirió. Además, se exige como condición para entrar al país un seguro médico obligatorio. Esta medida, denuncian los especialistas, puede ser restrictiva para personas sin recursos o que visitan familiares.
A partir de la publicación del decreto, para que alguien pueda obtener la residencia permanente, se le exigirá demostrar medios económicos suficientes. Mientras tanto, pueden otorgarle una residencia precaria, pero que desde ahora su duración será de 90 días, mientras que antes era de 180. Tampoco les servirá como prueba de arraigo para obtener ciudadanía o residencia permanente.
El decreto cambia los criterios, incluso por sobre las garantías que protege las Constitución Nacional: ya no basta con residir dos años en el país, solo pueden acceder a la ciudadanía quienes tengan residencia legal continuada o sean “inversores”. Además, la decisión queda en manos de Migraciones y no de la Justicia Federal.
Víctor Ramos, amigo entrañable de Adams, retoma su legado:
“Dentro de la pobreza en que vivía, fue tan solidario que entregó su casa, o gran parte de ella, a un gran centro cultural”. Ese lugar al que se refiere Ramos es hoy la Casa de la Cultura Villa 31, donde los talleres de periodismo de Mundo Villa aún continúan. “Fue un sueño que Adams tuvo desde siempre”, suma Ramos.
“Él es asesinado producto de la exposición que se le estaba dando al barrio”, continúa Ramos. El asesinato de Adams, aquel 4 de septiembre del 2010, ocurrió luego que él mismo denunciara el comercio de drogas en la 31.
El velorio y los homenajes que se le hicieron a Adams en su muerte, comentan varios vecinos del barrio, se los compara hoy con los del Padre Carlos Mugica. “Adams era el líder natural de la 31. No hubo otro dirigente más importante que él desde Mugica en adelante”, sostiene Ramos.
Mario Canaviri tenía 23 años cuando en 2014 escuchó en su casa de Villa Soldati una publicidad de Mundo Villa en la radio “Sin Fronteras” FM 91.7. Los talleres de periodismo estaban a punto de comenzar y buscaban nuevos alumnos. Mario, que llegó desde Bolivia con su familia en 1997, no dudó. Su trabajo de costurero por ese entonces lo alejaba de socializar con otros jóvenes. Lo que sucedió luego, dice Mario, le cambió la vida: “La historia de Adams me impactó. Me reflejé en él y en esa posibilidad de ser periodista”, cuenta hoy el joven de 36 años. Luego de ese taller con Mundo Villa, Mario continuó en otros. Y en otros. Hasta que finalmente se recibió en 2022 de licenciado en Comunicación Social en la Universidad de las Madres de Plazo de Mayo. Hoy colabora con el canal Bolivia Al Aire y escribe en medios gráficos. Sus últimas notas, publicadas en Tiempo Argentino, denunciaron la construcción de un muro por parte del gobierno de Jorge Macri en la Villa 31 para tapar una histórica feria del barrio. También el operativo policial “Tormenta Negra”, del que el propio alcalde porteño participó con la excusa de “tirar abajo los bunkeres de drogas del barrio”, pero donde sólo se llevaron las garrafas de los vecinos.
“Adams marcó el camino para muchos periodistas migrantes. Sin tener idea de cómo hacer periodismo, agarró una cámara y denunció lo que pasaba dentro de la 31”, cuenta Mario. Y bromea: “Es nuestro Rodolfo Walsh del altiplano”.









